El debate tiene poco eco en España. Aquí los intelectuales no superaron el siglo XX y reviven con una ilusión pasmosa tópicos reserios que hasta a alguien de 23 años le resultan rancios. No obstante, quizá el discreto
encuentro celebrado por la Fundación Carlos Casares en Mondariz formó parte del preludio.
Lo cierto es que la polémica a tres bandas entre Ian Buruma, Garton Ash y Pascal Bruckner que comentaba en otro post se ha tornado en un debate en toda regla sobre Europa, el laicismo y los efectos del modelo multicultural en los países receptores de inmigrantes, siempre con la autobiografía de Ayaan Hirsi Ali como telón de fondo.
Por ello, dedicaré una serie de posts a reseñar algunas opiniones que se han cruzado en el debate.
Ayaan Hirsi Ali vs Garton Ash
Calificada por Ash como una fundamentalista ilustrada, Ayaan Hirsi Ali ha sido el blanco de otros muchos intelectuales tras la publicación de su autobiografía. Quizá la acusación más disparatada (pertinentemente recogida por Arcadi Espada) fue la de una periodista española que acusó a Ali de joderle la vida a la gente de su alrededor (vecinos, deiputados, familiares…). ¿Cómo? Siendo amenazada de muerte y paseando por Holanda sus guardaespaldas. “Holanda se le queda pequeña a Ali”, se titulaba la noticia.
En efecto, Ali ha sido encasillada en la categoría de intelectuales tránsfugas, de esos que se hacen de derechas cuando crecen. O peor: una neocón en toda regla al servicio de la islamofobia institucionalizada.
Desde el otro lado del charco, una columnista del Washington Post se sorprende de la reacción de los intelectuales europeos:
“Ella continúa provocando a los europeos, a veces sin decir nada. Curiosamente, lo que más parece enfurecer a los europeos es el entusiasmo con el que Hirsi Ali adoptó sus mismos principios seculares y el fervor con el que ha abrazado idénticos valores occidentales que ellos. Aunque estos intelectuales suelen menospreciar al Papa como un dinosaurio irrelevante, el rechazo de Hirsi Ali a la religión parece ponerlos nerviosos”.
Mientras, Timothy Garton Ash se lamentaba en un artículo -traducido por El País- que se le hayan atribuido “diversas opiniones infames e imprecisas” sobre ella y recordaba un viejo principio de la lucha contra el comunismo solidaridad absoluta en defensa de las personas injustamente perseguidas y libertad total para discrepar de sus opiniones.
Para Garton Ash, es un error dar demasiada importancia al sector laico procedente del Islam. Dado que el laicismo es una posición minoritaria y poco representativa dentro del mundo islámico, sería necesario tender puentes con los sectores religiosos moderados para desactivar la bomba teológica del extremismo. Lo curioso es que, al mismo tiempo que aboga por afianzar una interpretación moderna y democrática del Islam, reconoce que esta hermenéutica es aún minoritaria.
El voluntarismo de Ash con respecto al Islam es indudable, pero también inconsciente y peligroso. Plantear el debate de los derechos humanos a través de un prisma religioso puede ser una real politik efectiva a posteriori, pero el riesgo de alimentar involuntariamente la militancia religiosa es indudable. Más aún cuando este debate afecta a sociedades plenamente democráticas en las que, sin más criterio humanitario que la doctrina religiosa de una minoría, se ponen en cuestión todos sus pilares.
Garthon Ash cree que ayudando al Islam a modernizarse, su credo se amoldará en lo esencial a los principios de Occidente y que aplicando criterios de oportunidad frente al rígido universalismo humanitario se puede desarmar la lógica extremista. Ali, conocedora de la base teórica de la que se nutre el extremismo, considera que la única forma de enfrentar la religión es individualizándola y supeditándola a valores que muchas veces chocan con el sentido de ciertos textos religiosos:
¿Por qué abandonó su religión?
Sentí que me estaba convirtiendo en una apóstata tras el 11-S. Todas las declaraciones que Osama Bin Laden y su gente citaron del Corán para justificar los atentados, las busqué y estaban allí. Bin Laden citaba verdaderamente las aleyas de nuestro texto sagrado. “¡No es posible!”, pensé. Pero lo era, ¡allí estaban! El rechazo fue algo natural.
Recientemente, Ali se ha sumado al
manifiesto de St. Petersburg, apoyado por creyentes y escépticos de origen musulmán. Es poco probable que la iniciativa tenga repercusión. Al igual que algunas asociaciones de ex-musulmanes en
Europa, romper con el Islam es ponerse en la diana de los fanáticos y exponerse a la cólera del buenismo occidental. Pero al margen de esto, el manifiesto es un soplo de aire fresco que -independientemente de que sean pocos quienes lo sucribirían en ciertas sociedades- era necesario.