Resulta un tanto arriesgado prometer algo así cuando cada año se publican varios rankings de las mejores universidades del mundo y la primera universidad española casi nunca aparece entre las 200 primeras. Pero tampoco parece probable que se le vaya a pedir cuentas por ello.
Citoyen recoge en un post un fiel diagnóstico del sistema educativo superior en España. Cualquiera que haya pisado un aula universitaria tendrá una idea similar a la suya: un órgano autista, lleno de burócratas y reacio a regirse por resultados. En algunos casos, las miembros de las facultades españolas parecen regirse por la Ley de Parkinson:
1º. "El trabajo crece hasta llenar el tiempo de que se dispone para su realización".
2º. "Los gastos aumentan hasta cubrir todos los ingresos".
3º. "El tiempo dedicado a cualquier tema de la agenda es inversamente proporcional a su importancia".
Como dice Citoyen, el proceso de Bolonia es un paso en la buena dirección, pero España lleva años caminando en la dirección equivocado.
En Estados Unidos, la competitividad es el máximo objetivo de las universidades tanto privadas como públicas. El culto al resultado y al mérito, lejos de reproducir esa implacable lógica neoliberal de la universidad como coto privado de ricos, de la que siempre advierten sindicatos estudiantiles varios en España al mínimo atisbo de reforma, lo que hace es generar un sistema más justo de acceso (con chinos e indios por doquier), más eficiente en la gestión del dinero (público o no) y mucho más efectivo en cuanto a investigación.
Además, la excelencia educativa también fortalece los vínculos del estudiante con la Universidad, de modo que es muy común que antiguos estudiantes se acuerden de sus tiempos mozos una vez que tienen éxito y están dispuestos a invertir dinero en su antigua universidad.
Pero lo último en el sistema universitario norteamericano no es la feroz competencia por cazar al último ingeniero de Bangalore, como exponía Thomas Friedman en La Tierra es Plana. Ahora, se ha empezado a poner de moda la creación de centros universitarios adscritos en países con un sistema educativo aún deficiente, como Qatar o China. Si las universidades americanas utilizan estos centros con el mismo criterio que los localizados en Estados Unidos, esta creación de franquicias podría ser esperanzadora para muchos países. Quizás podría ser el arma secreta de Zapatero para hacer de su promesa algo más realizable.

