Se ha escrito mucho sobre Ron Paul, un candidato marginal en la carrera hacia la Casa Blanca (aunque de momento sus resultados son más que aceptables), pero que causa cierta sensación por su radicalismo antigubernamental. Paul es defensor de la legalización de las drogas, la posesión de armas y una política fiscal conservadora, aunque para muchos es el único candidato con valor para cuestionar la versión oficial del 11-S.
 
Preguntado en un debate en la Fox (video aquí) por sus seguidores conspiranoicos, Paul afirmó no apoyar esta teoría, aunque añadiendo, como buen libertario, que él no tiene control para decidir lo que sus seguidores piensan. Para Paul, desconfiar del Gobierno es el más elevado de los instintos, de modo que se cuida de no decepcionar a la tropa de majaderos que le apoya, aunque sea a costa de dar cabida a teorías completamente disparatadas. Todo suma, especialmente cuando se trata de demostrar que el Gobierno tiene la culpa de todo. Si algunos creen que incluso del 11-S o el asesinato de JFK fueron provocados por las autoridades, ¿por qué quitarles la ilusión?
 
El contraste de este vídeo del encuentro de Paul con un grupo de imberbes conspiranoicos y la respuesta que Bill Clinton daba a un espontáneo believer que irrumpió en su rueda de prensa para vociferar que el 11-S fue un trabajo interno pone de manifiesto por qué Paul nunca será considerado  nada más que un político excéntrico y chiflado.
 
You wanna know what I think?” Clinton said. “You guys who think 9/11 was an inside job are crazy as hell. My wife was the senator from New York when that happened. I was down at Ground Zero. I saw the victims’ families. You’re nuts."
El malvado intervencionista de Bill Clinton.
 
 
 (Fotograma de la película Slacker, de 1991.)