Siempre resulta curioso conocer la percepción inicial que los extranjeros tienen de nuestra cultura europea occidental, pues subrayan características del país que tendemos a olvidar. En tiempos de la URSS, cuando un futbolista de detrás del telón de acero fichaba por el Real Madrid o el FC Barcelona y se le preguntaba qué le parecía la ciudad y qué le había chocado más, el futbolista solía responder lo mismo: los atascos de tráfico.

En el caso de Europa y Estados Unidos el contraste es menor de lo que se tiende a creer (ya se sabe, el narcisismo de la pequeña diferencia) y son más los valores que nos unen que los que nos separan. Sin embargo, en el ámbito económico el choque cultural sigue siendo importante. De poco importa que la UE haya superado a Estados Unidos en PIB. El prestigio del anticapitalismo sigue siendo un valor en alza del que se nutren intelectuales, actores y hasta empresarios marxistas. Toda Universidad que se precie conserva, a modo de museo de las ideas, un núcleo duro de marxistas que clama contra el capital.

 
El antieconomismo europeo es algo que los economistas norteamericanos parecen incapaces de asumir. Se dice que cuando Keynes visitó España durante la Segunda República lo que más le chocó fue el hecho de que en nuestro país ninguna Universidad enseñase todavía Economía como carrera independiente. En 2006, el Premio Nobel de Economía Edmund Phelps visitó España, que “algo” ha mejorado desde los años 30, y parecía igual de sorprendido que Keynes con el odio al éxito económico que existe en España y el resto del continente.

Me refiero a la limitada apreciación del esfuerzo individual que se hace en Europa. Los empresarios son fundamentalmente para la prosperidad económica, y aquí se habla de ellos como de alguien que trata injustamente a los trabajadores.  (…) En Alemania, la gente que tiene dinero prefiere decir que lo ha heredado antes que afirmar que ha hecho esfuerzos extenuantes para conseguirlo. La sociedad estadounidense aprecia el esfuerzo de los emprendedores, y lo agradece.
 

También Sala i Martín comenta a menudo el contraste de actitudes entre sus estudiantes en Columbia y los de la Pompeu Fabra: los americanos sueñan con crear sus propios negocios y triunfar, los españoles con trabajar en un banco el resto de su vida. 


 
Un reciente artículo de la revista Foreign Policy muestra que lo anterior no es una sucesión de anécdotas, sino que es una constante en la educación europea. Aunque se centra en los libros de texto y programas de estudio de alemanes y franceses, España no está demasiado alejada de ese adoctrinamiento pretendidamente social. Cualquiera que haya pisado un aula universitaria sabrá a qué me refiero.

Resulta desesperanzador que, mientras grandes partidos de izquierda (y derecha) han dado pasos hacia el realismo económico, en materia educativa y en ciertos ámbitos culturales la izquierda hardcore goce de gran prestigio e incluso reivindique su superioridad moral con respecto a izquierda y derecha. Con su discurso caduco, dado a  santificar a personajes de la talla de Jose Bove (ese preso político que accidentalmente quemó un McDonalds) como referentes de la resistencia a la globalización, poco más puede esperarse de Europa en materia de innovación. Proteccionismo por 50 años más.