ConspiracionesJanuary 21, 2008 9:24 pm
Se ha escrito mucho sobre Ron Paul, un candidato marginal en la carrera hacia la Casa Blanca (aunque de momento sus resultados son más que aceptables), pero que causa cierta sensación por su radicalismo antigubernamental. Paul es defensor de la legalización de las drogas, la posesión de armas y una política fiscal conservadora, aunque para muchos es el único candidato con valor para cuestionar la versión oficial del 11-S.
 
Preguntado en un debate en la Fox (video aquí) por sus seguidores conspiranoicos, Paul afirmó no apoyar esta teoría, aunque añadiendo, como buen libertario, que él no tiene control para decidir lo que sus seguidores piensan. Para Paul, desconfiar del Gobierno es el más elevado de los instintos, de modo que se cuida de no decepcionar a la tropa de majaderos que le apoya, aunque sea a costa de dar cabida a teorías completamente disparatadas. Todo suma, especialmente cuando se trata de demostrar que el Gobierno tiene la culpa de todo. Si algunos creen que incluso del 11-S o el asesinato de JFK fueron provocados por las autoridades, ¿por qué quitarles la ilusión?
 
El contraste de este vídeo del encuentro de Paul con un grupo de imberbes conspiranoicos y la respuesta que Bill Clinton daba a un espontáneo believer que irrumpió en su rueda de prensa para vociferar que el 11-S fue un trabajo interno pone de manifiesto por qué Paul nunca será considerado  nada más que un político excéntrico y chiflado.
 
You wanna know what I think?” Clinton said. “You guys who think 9/11 was an inside job are crazy as hell. My wife was the senator from New York when that happened. I was down at Ground Zero. I saw the victims’ families. You’re nuts."
El malvado intervencionista de Bill Clinton.
 
 
 (Fotograma de la película Slacker, de 1991.)
Periodismo, Actualidad 12:20 pm
La reivindicación de un debate electoral en Internet, iniciada por el periódico 20 Minutos, se ha ganado la adhesión de la mayoría de blogs, redes y medios digitales. Dudo que este post haga recapacitar a alguien, pero creo que un enfrentamiento abierto en Internet a las preguntas del público no es la forma ideal para desarrollar un debate de estas características. 

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En la mayoría de pueblos y ciudades pequeñas, las principales emisoras de radio (Cadena Ser, Onda Cero y Cope) tienen un programa semanal en el que el alcalde contesta las preguntas de los vecinos. En su mayoría, las consultas parten de vecinos indignados porque les han quitado un banco o que piden que se pinte un paso de cebra en una carretera o que arreglen un bache.

Probablemente, estos programas no reciban demasiada atención de los gurús de la web 2.0, pero son un modelo eficaz de eso que pomposamente llaman “participación ciudadana”. Y es que, en un ámbito local, es razonable que un político se someta a las consultas más triviales de los ciudadanos, así como que la implicación del oyente no se filtre por parte de la emisora. 

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En el caso de los dos  aspirantes a la Presidencia del Gobierno, un experimento así no me parece tan deseable. La participación ciudadana ha de ser un instrumento para dar respuesta a una necesidad informativa, no una forma vistosa de satisfacer un nicho electoral.

Ante un debate de esta magnitud, inevitablemente, la participación ciudadana es un mero señuelo con el que ganar audiencia y dinamizar el formato, como sucedió en el debate de demócratas en CNN/Youtube. La idea de un debate completamente abierto al público es absurda, de modo que la participación ciudadana la articulan los periodistas haciendo el mismo trabajo que harían sin la implicación del electorado: jerarquizar temas y seleccionar un número limitado de preguntas. La presencia del ciudadano es mero atrezzo.

Guste o no, un debate entre candidatos se hace en el trazo grueso. A Rajoy y Zapatero se les pide que esbocen proyectos, que describan las líneas maestras de un modelo y, sobre todo, que tengan criterio a la hora de seleccionar a quienes lo llevarán a la práctica. Someterlos a un chequeo ciudadano sin barreras es, además de una crueldad, un procedimiento algo ilusorio.

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Por otra parte, sorprende la facilidad con la que se deduce que el usuario medio de Internet es un perfil representativo de la ciudadanía.

Como dice Juan Varela, Estados Unidos parece tener unos políticos más “participativos”, véase a Bush blogueando o a Zoellick posteando aquí, y una blogosfera menos jibarizada que la española (esto lo digo yo). Pero ni siquiera las redes sociales norteamericanas reflejan las tendencias de su sociedad. De ser así, y hacer caso a Facebook, el abuelo loco de Ron Paul sería el único republicano capaz de hacer frente a Obama en las próximas elecciones, para regocijo de la tropa de True Believers del 11-S.

 

La participación ciudadana debe dirigirse a las bases de los partidos o implicarse en ideas transversales a ellos (reivindicación de listas abiertas, elecciones primarias, limitación de mandatos…). Propuestas como la del debate digital pueden hacer del programa algo escénicamente vistoso, al estilo “Tengo una pregunta para usted”, pero no nos engañemos, la participación está en el peldaño inferior, que para eso está. Y lo demás es marketing, recreación o puro ilusionismo virtual.

Periodismo, ActualidadJanuary 17, 2008 1:29 pm
Hace un año, El País titulaba una noticia: “2007 será el año más caluroso desde 1659”, haciéndose eco de un estudio del Servicio Meteorológico británico. Pues bien, los datos no han confirmado lo que avanzaba El País y el año pasado no rompió una marca histórica en el calentamiento global aunque, en esta ocasión, no he encontrado  la información en el diario.

Al margen de toda la discusión que mantienen los científicos, el calentamiento global se ha convertido en un tema que le puede estallar en las manos a la prensa más militante. Durante los últimos años, y animados por un afán de concienciación, se nos han presentado huracanes, temporales y sequías como la prueba más evidente de las consecuencias del calentamiento global. Casi como un principio de acción-reacción al comportamiento humano, cuando no un castigo de la diosa naturaleza a nuestras despiadadas acciones.

Si a esto sumamos el catastrofismo que se estila en ciertas ONG, que difunden infografías a todo color sobre cómo se va a quedar la costa española en los próximos años si no dejamos de portarnos mal, el atractivo mediático del calentamiento global difícilmente se puede mejorar. Y así, se entiende que cualquier referencia que pueda no negar, sino simplemente matizar la perspectiva, se tacha casi de negacionismo militante.

 ¿Pero qué pasa cuando las circunstancias previamente establecidas como termómetro de la tierra no ayudan a concienciar sobre el global warming?

Desde el Katrina, el hemisferio norte ha vivido la temporada más baja en huracanes de las tres últimas décadas. A pesar de las imágenes de deshielo en el Ártico, el Antártico vive un proceso contrario y, mientras hace un par de años se nos mostraban imágenes de olas de calor insospechadas, hoy vemos imágenes de nieve en Buenos Aires o Bagdad.

Planteado en términos de catastrofismo mediático por sus defensores, el calentamiento global variará su atractivo en función de la actualidad y será un mito que ayude a fagocitar la actualidad, un elemento de raccord para unir las noticias en televisión, pero dudosamente será ciencia.  

¡Cuerpo a tierra, que vienen los nuestros!

Para muchos científicos defensores de la teoría del calentamiento global, los huracanes, las olas de calor y el deshielo del Ártico nunca han sido prueba de nada. En todo caso, el deshielo del Ártico ha sido presentado por la Nasa como la consecuencia a un cambio de corrientes oceánicas y, según Nature, los huracanes nunca tendrán nada que ver con el calentamiento global, por muy severo que éste llegase a ser.

Todo esto lo explicaba el 1 de Enero en el New York Times un científico que no parece ser precisamente de la escuela de Bjorn Lomborg, sino un defensor de la teoría del calentamiento global que está hasta las narices de la simplificación y el drama apocalíptico con el que este proceso se presenta en los medios y del daño que el gurú Al Gore está provocando a su causa.

Zampabollos Al-Gore 

Economía, EducaciónJanuary 10, 2008 1:02 pm
Siempre resulta curioso conocer la percepción inicial que los extranjeros tienen de nuestra cultura europea occidental, pues subrayan características del país que tendemos a olvidar. En tiempos de la URSS, cuando un futbolista de detrás del telón de acero fichaba por el Real Madrid o el FC Barcelona y se le preguntaba qué le parecía la ciudad y qué le había chocado más, el futbolista solía responder lo mismo: los atascos de tráfico.

En el caso de Europa y Estados Unidos el contraste es menor de lo que se tiende a creer (ya se sabe, el narcisismo de la pequeña diferencia) y son más los valores que nos unen que los que nos separan. Sin embargo, en el ámbito económico el choque cultural sigue siendo importante. De poco importa que la UE haya superado a Estados Unidos en PIB. El prestigio del anticapitalismo sigue siendo un valor en alza del que se nutren intelectuales, actores y hasta empresarios marxistas. Toda Universidad que se precie conserva, a modo de museo de las ideas, un núcleo duro de marxistas que clama contra el capital.

 
El antieconomismo europeo es algo que los economistas norteamericanos parecen incapaces de asumir. Se dice que cuando Keynes visitó España durante la Segunda República lo que más le chocó fue el hecho de que en nuestro país ninguna Universidad enseñase todavía Economía como carrera independiente. En 2006, el Premio Nobel de Economía Edmund Phelps visitó España, que “algo” ha mejorado desde los años 30, y parecía igual de sorprendido que Keynes con el odio al éxito económico que existe en España y el resto del continente.

Me refiero a la limitada apreciación del esfuerzo individual que se hace en Europa. Los empresarios son fundamentalmente para la prosperidad económica, y aquí se habla de ellos como de alguien que trata injustamente a los trabajadores.  (…) En Alemania, la gente que tiene dinero prefiere decir que lo ha heredado antes que afirmar que ha hecho esfuerzos extenuantes para conseguirlo. La sociedad estadounidense aprecia el esfuerzo de los emprendedores, y lo agradece.
 

También Sala i Martín comenta a menudo el contraste de actitudes entre sus estudiantes en Columbia y los de la Pompeu Fabra: los americanos sueñan con crear sus propios negocios y triunfar, los españoles con trabajar en un banco el resto de su vida. 


 
Un reciente artículo de la revista Foreign Policy muestra que lo anterior no es una sucesión de anécdotas, sino que es una constante en la educación europea. Aunque se centra en los libros de texto y programas de estudio de alemanes y franceses, España no está demasiado alejada de ese adoctrinamiento pretendidamente social. Cualquiera que haya pisado un aula universitaria sabrá a qué me refiero.

Resulta desesperanzador que, mientras grandes partidos de izquierda (y derecha) han dado pasos hacia el realismo económico, en materia educativa y en ciertos ámbitos culturales la izquierda hardcore goce de gran prestigio e incluso reivindique su superioridad moral con respecto a izquierda y derecha. Con su discurso caduco, dado a  santificar a personajes de la talla de Jose Bove (ese preso político que accidentalmente quemó un McDonalds) como referentes de la resistencia a la globalización, poco más puede esperarse de Europa en materia de innovación. Proteccionismo por 50 años más.