En las últimas semanas se han publicado numerosos artículos sobre Hugo Chávez. Felix de Azúa, Fernando Savater o Vargas Llosa han descrito la personalidad oligofrénica del mesías bolivariano. Lo sorprendente es ver que el mejor artículo no sale de la pluma de un liberal o un izquierdista moderado, sino del extremismo socialista (y religioso) de Frei Betto. Betto no cita a Chávez en Patología del exhibicionismo y, probablemente, no pensó en él cuando escribía, igual que García Márquez no pensaba en Castro cuando escribió "El otoño del patriarca", pero su artículo es un brillante retrato de este carismático líder.
 
El exhibicionista no se soporta, se cree inferiorizado y por lo tanto necesita transformar la mirada ajena en lente de aumento capaz de ampliar su propia imagen. Él sólo se ve en la mirada del otro, pues ante sus propios ojos se siente emocionalmente castrado. De ahí su miedo a la soledad, no sólo a la soledad física, sino sobre todo a la soledad simbólica, de quien se siente como una llama apagada. El exhibicionista necesita sentirse siempre encendido, con su luz proyectada sobre los ojos ajenos.