A diferencia de muchos intelectuales y antiguos compañeros de batalla, Bernard-Henri Lévy permanece fiel a la izquierda francesa. Hizo campaña por Segolene Royal en las últimas elecciones y sigue apostando por la izquierda pese al inicio fulgurante en el Gobierno de Nicolas Sarkozy. Prueba de ello parece ser su último libro que, sin embargo, ha tenido una más que fría acogida entre los pensadores más populares del ala socialista.

Mientras los Ignacio Ramonet o Michael Onfray persisten en la caricaturización de Sarkozy como un diablo fascista, Levy parece reconocer lo obvio del éxito del presidente francés, pero plantea algunas sombras sobre su política. Al menos eso parece, a juzgar por un debate con Alain Finkielkraut (traducción aproximada):

 

(…)Su política en materia de inmigración, por ejemplo… Ese asunto del ADN es indigno. Al igual que esa forma de incitar a los policías a “hacer cifras”, o las llamadas cuotas geográficas, que son en realidad cuotas étnicas que violan un principio constitucional fundamental. Por lo demás, hay buenas cosas, por supuesto. Pero tomemos, por ejemplo, la liberación de las enfermeras búlgaras. ¿Era necesario pagarla tan cara? ¿Hacía falta ir con tanta pompa a ver a Gadhafi? ¿Hacía falta hacerle los regalos que él hizo? ¿Y por Ingrid Betancourt, que es una magnífica heroína, se va a contentar de recibir a Hugo Chávez o le va a ofrecer, también a él, su pequeña central nuclear? (…)

 

Pero la moderación no parece un buen señuelo para reorganizar un ala política donde la melancolía revolucionaria todavía tiene buena prensa, mientras que el neoprogresismo es un rara avis. Así, a pesar de todo el camino andado por la izquierda continental, las utopías de los intelectuales de extrema izquierda gozan de más prestigio y reconocimiento que la mesura y precisión de la izquierda light.

Otro izquierdista moderado, el filósofo Peter Sloterdijk, hacía una reflexión que puede explicar, en parte, la razón de la recurrente “superioridad moral” de la izquierda radical:

(…)No es el comunismo lo que me enfurece, sino el increíble fraude que ha recorrido la segunda mitad del siglo XX y que consistió en hacernos creer que el antifascismo solucionaba los problemas de la izquierda. Hitler se convirtió en el salvador de la buena conciencia de todos aquellos que habían apoyado a Stalin. Comprometidos en esta noble causa que era el antifascismo, ellos se negaron a entender que habían defendido otro fascismo. Para mí, que nunca he dudado de mi pertenencia a una izquierda moderada, era urgente arreglar cuentas con esa malsana tradición. (…)