El exhibicionista no se soporta, se cree inferiorizado y por lo tanto necesita transformar la mirada ajena en lente de aumento capaz de ampliar su propia imagen. Él sólo se ve en la mirada del otro, pues ante sus propios ojos se siente emocionalmente castrado. De ahí su miedo a la soledad, no sólo a la soledad física, sino sobre todo a la soledad simbólica, de quien se siente como una llama apagada. El exhibicionista necesita sentirse siempre encendido, con su luz proyectada sobre los ojos ajenos.
Ruanda: reconciliación y comercio
Antes de decidirse a empezar este corriente y moliente blog, servidor inició una primera (y frustrada) bitácora con la única intención de dar a conocer noticias, datos e historias referidos a un solo país: Ruanda. Tras leer libros como Queremos informarle de que mañana seremos asesinados…, los relatos del general Romeo Dallaire o el magistral relato periodístico de Una temporada de machetes, así como documentales del estilo de Ghosts of Rwanda, uno no puede más que intentar profundizar en esta tragedia.
El genocidio ruandés tiene la nada menor particularidad, frente a todos los demás del siglo XX, de que fue perpetrado principalmente por civiles. Fanatizados por un discurso político tribal y excluyente, y ante la pasividad de la ONU (Kofi Annan y Bill Clinton mediante), algunos hutus formaron tropas de interahambwe que, a golpe de machete, acabaron con la vida de 800.000 tutsis. Todo ello en sólo cien días, lo que convierte a este genocidio en la matanza más salvaje del convulso siglo XX.
Episodios como el de la iglesia de Nyarabuye describen como pocos aquello que Arendt llamó la banalidad del mal.
(…)
Hoy leo una noticia que hace recobrar la esperanza. Las reformas económicas del Gobierno de Paul Kagame parecen empezar a dar sus frutos. En contraste con sus predecesores, el actual Gobierno ruandés ha iniciado una cierta liberalización del cultivo de café que permite a los campesinos negociar directamente con compañías extranjeras, sin pasar por ningún monopolio estatal, de modo que éstos han visto crecer notablemente sus ingresos.
Hasta aquí, nada raro. Lo sorprendente es que, según se dice en la noticia, gracias a esta explosión comercial, hutus y tutsis colaboran ahora en distintas plantaciones y empiezan a derribar los muros del aislamiento y el recelo de los últimos trece años.
La metáfora de la mano invisible del mercado, propuesta por Adam Smith, cobra en Ruanda toda su dimensión. Frente a los apocalípticos que predicen catástrofes culturales de toda clase a causa del capitalismo global (uniformización, mcdonalización y ramonetiadas varias), este caso muestra una cara del comercio que resulta evidente en Occidente, pero no tanto en países en vías de desarrollo: un igualitarismo primario, básico.
(Mientras los ruandeses se queden en el liberalismo sensato y la sección patria del ancap canibalista se quede en casa, no hay motivo de preocupación.)
Resulta curioso (y esperanzador) que, sin embargo, no se emplee la misma fórmula para juzgar el papel de las fuerzas armadas españolas en el exterior. Sirva de muestra el escaso eco que ha recibido una encuesta del CIS y del Ministerio de Defensa que muestra una creciente oposición a la presencia española en Afganistán y Líbano.
Valoración de la presencia de tropas españolas en Afganistán

¿Qué hacer con el contingente español en Líbano?”
Toda política exterior tiene algo de interior, aunque solo sea por su efecto electoral, pero en España se excede el límite de lo razonable. No parece casual que el presidente Rodríguez persista en emplear como baza electoral la retirada de Irak y explicar con ello las tibias relaciones que hoy nuestro país mantiene con EE.UU. Es una forma hábil de encarar un desencuentro que, creo, ha sido completamente simplificado de cara a la galería.
Lo relevante de la retirada de las tropas españolas de Irak no es que se produjese como consecuencia de una promesa electoral o de la "decisión soberana" de un país, como repite insistentemente el Gobierno. Lo verdaderamente importante es cómo se produjo. A diferencia de la retirada de tropas de Italia, la española se hizo con una premura que obedecía más a razones de cosmética interior que de táctica militar.
Se ha dicho que una de las razones por las que hoy no tenemos un español dirigiendo la OTAN es porque el Gobierno decidió salirse de Irak. Si esto es así, que es mucho suponer, ¿cómo se explica que el cargo haya ido a parar a un almirante italiano?
Mientras los Ignacio Ramonet o Michael Onfray persisten en la caricaturización de Sarkozy como un diablo fascista, Levy parece reconocer lo obvio del éxito del presidente francés, pero plantea algunas sombras sobre su política. Al menos eso parece, a juzgar por un debate con Alain Finkielkraut (traducción aproximada):
(…)Su política en materia de inmigración, por ejemplo… Ese asunto del ADN es indigno. Al igual que esa forma de incitar a los policías a “hacer cifras”, o las llamadas cuotas geográficas, que son en realidad cuotas étnicas que violan un principio constitucional fundamental. Por lo demás, hay buenas cosas, por supuesto. Pero tomemos, por ejemplo, la liberación de las enfermeras búlgaras. ¿Era necesario pagarla tan cara? ¿Hacía falta ir con tanta pompa a ver a Gadhafi? ¿Hacía falta hacerle los regalos que él hizo? ¿Y por Ingrid Betancourt, que es una magnífica heroína, se va a contentar de recibir a Hugo Chávez o le va a ofrecer, también a él, su pequeña central nuclear? (…)
Pero la moderación no parece un buen señuelo para reorganizar un ala política donde la melancolía revolucionaria todavía tiene buena prensa, mientras que el neoprogresismo es un rara avis. Así, a pesar de todo el camino andado por la izquierda continental, las utopías de los intelectuales de extrema izquierda gozan de más prestigio y reconocimiento que la mesura y precisión de la izquierda light.
Otro izquierdista moderado, el filósofo Peter Sloterdijk, hacía una reflexión que puede explicar, en parte, la razón de la recurrente “superioridad moral” de la izquierda radical:
(…)No es el comunismo lo que me enfurece, sino el increíble fraude que ha recorrido la segunda mitad del siglo XX y que consistió en hacernos creer que el antifascismo solucionaba los problemas de la izquierda. Hitler se convirtió en el salvador de la buena conciencia de todos aquellos que habían apoyado a Stalin. Comprometidos en esta noble causa que era el antifascismo, ellos se negaron a entender que habían defendido otro fascismo. Para mí, que nunca he dudado de mi pertenencia a una izquierda moderada, era urgente arreglar cuentas con esa malsana tradición. (…)
Al margen de todas las consideraciones que se harán a modo de política interna, el episodio de Chávez y el Rey (y Zapatero) escenifica algo mucho más importante que un rifi rafe puntual o una ruptura en la política exterior española. A lo que asistimos en la última Cumbre Iberoamericana fue a la manifestación de dos formas radicalmente distintas de entender la democracia y el ejercicio del poder.
Puede parecer extraño ver a un presidente de Gobierno defendiendo a un predecesor de otro partido, y más tratándose de Zapatero y Aznar. Sin embargo, es una situación que previsiblemente se habría producido de la misma forma con cualquier otro Gobierno y cualquier otro predecesor de la democracia. Por muchas que sean sus diferencias, el respeto a la institución es un presupuesto básico en cualquier democracia consolidada.Mientras, el mesianismo de Chávez parte de la premisa de que no hay libertad en Venezuela ni antes ni después de su régimen. La democracia es un accidente con el que se topó en su camino a Miraflores y, por lo tanto, es difícil que pueda comprender la reacción de Zapatero. No es casual que el mesías bolivariano haya declarado día nacional la fecha en la que dio su primer golpe de estado.
(…)
Contrariamente a lo que algunos afirman, creo que la defensa de lo que se da en llamar “intereses españoles” en Latinoamérica no ha sido bien enfocado por el actual Gobierno. El papel mediador del Ejecutivo en los conflictos de ciertas empresas con Argentina o Bolivia se redujo al máximo, quizá por un complejo de culpa y un errado esfuerzo por mejorar las condiciones de vida en algunos países pobres.
Pero más allá de las buenas intenciones debería entenderse que defender la vigencia de los acuerdos firmados entre empresas españolas y antiguos gobiernos latinoamericanos democráticos no es un acto de gregarismo español ni mucho menos de colonialismo o ingerencia extranjera, sino una afirmación del derecho. Al defender la legalidad de esos contratos se está reforzando la validez de dos sistemas de derecho, de dos democracias en las que las garantías constitucionales prevalecen sobre los juicios políticos.Atribuir el auge del populismo al actual Gobierno sería caricaturizar la situación, pero la erosión del Estado derecho se hace más fácil cuando se le da la oportunidad a un Ortega o a un Morales de hacer tabla rasa respecto a sus predecesores, como si con ellos naciese la democracia.
Uno de los éxitos recientes en la historia de España fue convencer a los inversores de que nuestro país era un lugar jurídicamente seguro y de que un cambio de partido en el poder no suponía un cambio de régimen. Quizá, por una vez, este Gobierno debería aprender de sí mismo y favorecer, en su relación con Latinoamérica, que la estabilidad institucional de democracias como la de Chile o Brasil deje de ser la excepción.
Mickey Mouse: el ratón imperialista
Dentro de las teorías de la conspiración, los dibujos animados son una fuente de mitos de toda clase; desde que los Teletubies promocionan la homosexualidad, hasta que las Tortugas Ninja esconden mensajes satánicos. Pero han sido dos personajes de Disney, en concreto el esquizofrénico Pato Donald y el melifluo afeminado de Mickey Mouse, quienes se han ganado más enemigos en el ala socialista.
En el año 1971, Ariel Dorfman y Armand Mattelart publicaron un libro que aún es una referencia básica (y esto, lamentablemente, ya no es broma) en algunas facultades de Ciencias de la Información. Se trataba de "Para leer al Pato Donald comunicación de masa y colonialismo", que se puede leer aquí en el que los autores interpretaban las verdaderas intenciones de estos dibujos animados. Quizá alertados por lo que estas eminencias de la comunicación afirmaban en su libro, años después los palestinos decidieron adaptar sui generis los personajes de Disney. De tal forma que, en lugar de castigar a los niños con el discurso neoliberal capitalista del propagandista Mickey, los chavales palestinos pueden disfrutar de una versión menos cargada de ideología y mucho más multicultural en la que Mickey Mouse muestra su cara más amable al defender las bondades de la yihad.
Pero a Hugo Chávez no le va la real politik y pretende cortar de raíz los símbolos del colonialismo norteamericano. De tal modo que en la última reforma de la Constitución Bolivariana de Venezuela ha incluído un artículo que le pondrá las cosas difíciles a estos agentes del neoliberalismo imperialista asesino y malo.
“Se prohíbe el uso de imágenes y artículos de influencia transculturizadora imperialista en todas las entidades públicas, tales como Santa Claus, Mickey Mouse, etc.”
Chávez debería aprender de su amigo Kim Jong Il, que ha hecho de Corea del Norte uno de los centros neurálgicos en la producción de dibujos animados. Todos ellos profundamente antiimperialistas, por supuesto.

