Con el permiso de Adorno, no fue la poesía lo que se volvió imposible después de Auschwitz. Lo que se volvió imposible fue la risa. En cambio, en el caso soviético, la risa se niega a irse. La inmersión en los hechos de la barbarie bolchevique puede aumentar la resistencia a admitirlo, pero dicha inmersión no borrará nunca la risa de la barbarie…
Es un párrafo del imprescindible "Koba el temible. La risa y los veinte millones". Martin Amis se pregunta en él por qué todas las bromas que se hacen sobre la URSS resultarían monstruosas si se trasladasen al escenario del nazismo. Naturalmente, existen parodias artísticas del Reich que son igualmente hilarantes, sin caer por ello en la trivialización. "One, two, three", "Ser o no ser" o "El gran dictador" son películas antinazis que no renuncian a la risa para mostrar lo disparatado de un sistema dictatorial. Pero, en general, no está bien visto que uno bromee sobre el holocausto.
Amis relata una anécdota de su amigo Christopher Hitchens (ya lo era en su etapa troskista), cuando daba una conferencia sobre la Unión Europea. Al parecer, el intelectual británico provocó las carcajadas del público cuando afirmó que conocía bien el lugar donde se celebraba la reunión, ya que había pasado en él incontables noches con sus "antiguos camaradas".
¿Por qué la risa? ¿Por qué? Si Christopher se hubiese referido a sus incontables noches con muchos "camisas negras", el público… (….) ¿Es esa la diferencia entre el bigote pequeño y el bigote grande, entre Satanás y Belcebú? ¿Que uno suscita espontáneamente la furia y el otro la risa? ¿Y de qué clase de risa hablamos? Hablamos, naturalmente, de la risa de la afirmación de la antiquísima de la sociedad perfecta. Es además la risa del olvido. Olvida la energía demoníaca incrustada inconscientemente en esa esperanza. Olvida los Veinte Millones.
A continuación, Amis afirma que la cosa sería distinta si los seis millones de muertos en el genocidio perpetrado por los nazis fuesen tan conocidos como los seis millones del Terror del Hambre. Y añade algo que se hartó de decir Revel: cuando un gobernante coquetea lo más mínimo con el nazismo recibe sanciones internacionales, sin que haya que esperar a que el Haider de turno ponga en práctica políticas xenófobas. Lamentablemente, esa política preventiva no se extiende a quienes, como Putin, glosan la figura de Stalin, cuando no la emulan en Chechenia.
¿Por qué la utopía comunista goza de una inmunidad que resultaría abyecta aplicada al nazismo? Amis apunta buenas razones a las que se podría añadir una más básica: la ausencia de la fotografía. En una entrevista de Arcadi Espada, Susan Sontag lo explicaba (algo malhumorada) así:
… He dicho y he escrito repetidamente que una de las razones por las que la gente tardó tanto en apreciar y entender el horror completo del sistema soviético fue por la ausencia de documentación fotográfica. Es evidente que cuando digo que las fotografías identifican también quiero decir lo contrario: cuando no hay fotografía el olvido es más fácil. Y hay dos ejemplos clásicos: el Gulag y la guerra civil de Sudán, una guerra que se ha cobrado millones de vidas ante la indiferencia más helada del mundo.
Ante el olvido, la risa se vuelve sencilla. El vacío iconográfico de la barbarie dulcifica su anverso oficial. Por mucho que toque los cojones Solzhenitsyn o Kapuscinski, sin fotografía la barbarie no tiene rostro. Stalin tenía razón: un muerto es una tragedia, un millón de muertos es una estadística.
La memoria selectiva es más fácil sin el lastre gráfico de Vorkutá. De modo que uno no debería extrañarse de que el comunismo, real o irreal, siga siendo un buen surtidor de iconos, chistes y mitología contra este sistema que nos oprime. Solo tenemos la cara amable: las paradas de autobús soviéticas, sus calculadoras, posters antiamericanos, fotos de la luna. Solo queda disfrutarlos y recomendar, como haría Zizek, aprovechar estos recursos para ofrecer a sus hijos una buena educación leninista.
(…)
Pero la risa también es hija bastarda de la realidad. Sirva de ejemplo la carta cubana que publica Fogel en su blog.