(…)La petición del voto, la participación en las urnas, la elección libre, componen una constelación de elementos bañados por el aura sagrada de lo democrático. La veneración del derecho a votar, la metáfora de la urna en cuanto sagrario donde comulgamos todos, el horrendo pecado de abstenerse, el gozo de la libertad por el ensalmo de la papeleta, etcétera, confieren un aire seudorreligioso que los políticos cultivan.

El elegido será un representante legítimo y mucho más que un ciudadano más: corrupto o no corrupto, su condición queda aforada, amparada para facilitarle el bien o el mal. La política ha perdido casi toda ideología, pero también categoría. Compensatoriamente, sin embargo, ha sostenido el tinglado litúrgico para concederse un rango mediático o presencial. (…) Vicente Verdú