En un artículo titulado “Borriquitos con chándal”, Rafael Sánchez Ferlosio hacía una defensa acérrima del concepto de educación pública, que no admitiría más distinción que la gratuita y la de pago, pues la "educación privada" sería para él una contradicción en los términos. Frente a la intromisión de lo privado en lo público, Ferlosio apostaba aquí por recuperar la idea de una educación ajena a opiniones y decisiones de los padres. La educación pública fomentaría así la toma de conciencia del niño respecto al espacio exterior y a su papel como estudiante.  

En el artículo, parte de "La hija de la guerra y la madre de la patria", identifica dos formas de privatizar la educación, ambas relacionadas con el dirigismo de dos agentes muy activos en el mundo educativo:

1) La onfaloscopia del sector público. Comenta Ferlosio, y es una realidad que muchos hemos padecido, que desde las 17 Comunidades Autónomas se ejerce un culto desaforado al accidente regional. En virtud de promocionar su identidad, cultura y tradición, se prima la enseñanza de literatura o geografía regional a la literatura o la geografía en sí mismas.

2) El narcisismo al que conduce la privatización a través de una educación a la carta. En este modelo, el niño estudia únicamente para complacer a unos padres vigilantes de que su formación responda a sus principios y objetivos.

Más allá de lo que comenta Ferlosio, la creación de una educación a la carta crea monstruos en sociedades democráticas. Dawkins mostraba alguno de ellos en el documental The root of all evil: la premisa liberal del derecho del padre a elegir la formación de su hijo ha fomentado escuelas cuasi-coránicas en los modelos multiculturales europeos, al igual que centros en los que se instruye creacionismo como teoría científica.

Por otra parte, puede resultar contraproducente la idea de focalizar en el niño todas las atenciones de la educación Un artículo reciente del Wall Street Journal alertaba de que una generación formada en el culto a la persona empieza a tener problemas de cara al mundo laboral. Se trata de jóvenes a los que siempre se les trató como "especiales" (en el buen sentido) y realmente creyeron serlo. ¿Resultado? Según el autor, ahora son inseguros y necesitan constantemente recibir cumplidos. Según otro escritor de la revista Reason, que se ocupa del artículo del WSJ aquí, la otra cara de la moneda del "soy especial" es una generación de jóvenes más responsables: menos drogas, menos tabaco, menos embarazos no deseados y menos delincuencia.

Así pues, ¿Ferlosio o Friedman?