Suena disparatado (y lo es), pero la propuesta de Buchanan (o atribuída a él) de conceder derecho a voto a los niños tiene cierto sentido. Vaya por delante que no se sostiene que el niño pueda votar libremente, sino que tenga derecho a ello pero que sea su padre quien lo ejerza en su lugar mientras sea menor. Se trata de una suerte de despotismo ilustrado porque al fin y al cabo sería el padre quien administraría el voto a su gusto.
 
Según Buchanan, esta medida ayudaría a acabar con uno de los vicios más frecuentes de los Gobiernos: la insolidaridad generacional, que tiene su manifestación más clara en los endeudamientos a largo plazo. Esta deuda ofrece un beneficio inmediato a los ciudadanos contemporáneos pero condiciona el desarrollo de futuras generaciones, que tendrán que hacerse cargo de un pago muy importante sin verse beneficiados en nada.
 
Al conceder a un padre el derecho de voto de sus hijos, éste tendería a actuar de forma más responsable y valoraría críticamente aquellas propuestas que prometan beneficios inmediatos a costa de hipotecar a la generación de sus hijos. Sin embargo, es poco probable que, en la práctica, un padre haga ese razonamiento y emplee los votos de sus hijos de una manera distinta al suyo particular.