“No hay que cerrar todas las puertas ni reirse de todo aquel que duda”, comenta un amable lector a propósito de las teorías de la conspiración que se vienen criticando en este blog, especialmente con relación al 11-S y su literatura negacionista

En efecto, la información relativa a todos los atentados y acontecimientos históricos dejan zonas oscuras: dudas, incoherencias y contradicciones que no siempre se aclaran. Es encomiable que mucha gente trate de esclarecer esos puntos, pues sólo arrojando luz sobre ellos se puede profundizar en el análisis y prevenir casos similares en el futuro. Y al fin y al cabo, ¿qué hay de malo en querer saber?

El problema surge cuando la pregunta está más destinada a saciar las apetencias ideológicas o políticas que las puramente informativas. Es entonces cuando la duda concreta y perfectamente racional se integra en una ecuación mucho más discutible.

Naturalmente, los conspiranoicos dicen no afirmar nada y, por lo tanto, no se ven obligados a ofrecer pruebas. Simplemente formulan preguntas y quien se ofenda por ello será porque tiene algo que esconder. Así funciona su lógica blindada. (Igualmente, quien se ofenda ante la “opinión” de que el holocausto fue una invención judía, será porque es un sionista recalcitrante.) En el caso del 11-S, la idea de que la administración Bush sea la culpable del mayor atentado sufrido por Estados Unidos es tan sugerente que ha ganado un considerable número de adeptos dentro y fuera del país.

El pensamiento oligofrénico, revestido de un halo de criticismo hard core, es de gran ayuda. Ya no es necesario superar las aduanas del periodismo (siempre en manos de corporaciones con intereses ocultos) para informarse: la verosimilitud es más relevante que la veracidad y la navaja de Occam para perdedores y conformistas. Por su parte, el debate científico le es innecesario, ¿para qué entrar a debatir con grises ingenieros cuando se puede lograr el efecto de la credibilidad apelando al "sentido crítico" del lector/espectador?

(…)

El lector M también me invita a comentar el caso de la torre 7 del WTC, que se derrumbó el 11-S, sin que se estrellara ningún avión contra ella. Curiosamente, hace algunas semanas un famoso programa de la ABC tocó este tema. Rossie O’Donnell, cual Luis del Pino a la americana, afirmó (video aquí) que el 11-S era la primera vez en la historia que el acero se derritió, sugiriendo (sin afirmar nada, claro) que había gato encerrado en la caída de la torre 7 y dando alas a la teoría conspirativa.

Aunque el informe del NIST sobre este caso aún no ha salido a la luz (se espera que lo haga pronto), Popular Mechanics, revista especializada en tecnología, responde a O’Donnell y a quienes, como ella, ven en la torre 7 la evidencia máxima de la teoría de la demolición controlada a través de un artículo que forma parte del especial Debunking Myths.

El informe del NIST será crucial para quienes tengan inquietud en conocer los pormenores del atentado. Han contado con la participación de más de 200 ingenieros, monitorizado más de 7.000 piezas audiovisuales, entrevistado a 1.000 personas y analizado 236 piezas de acero, durante tres años. Quizá este ejército de ingenieros no cuente con la sabiduría enciclopédica de Rosie O’Donnell y el acné de la verdad de los chavales de Loose Change, pero los informes preeliminares echan por tierra los mitos de la demolición. Quien tenga interés en conocer las respuestas científicas de este grupo de expertos puede acceder a esta página en la que se responden muy sintéticamente las dudas más frecuentes sobre el WTC. Para un análisis más técnico, PDF aquí.

(…)

En el apartado HSAPMST (hiperconspiraciones solo aptas para mentes supercríticas y topeabiertas):

- La versión oficial del sistema capitalista-sionista sostiene que Don Imus fue despedido por la NBC por emitir comentarios racistas. Sin embargo, prestigiosos críticos especializados en todo afirman que alguien quiso tapar la boca a Imus: podía revelar saecretos gubernamentales del 11-S. Y si lo dice el Pravda, va a misa.