George W. Bush inició su carrera en la Casa Blanca en el año 2000 con gestos de acercamiento a América Latina insólitos hasta entonces para un dirigente norteamericano, tales como iniciar en Mexico su ronda de visitas al exterior. Ocho años después, es probable que se despida con unas relaciones totalmente estancadas con los Gobiernos amigos de la zona.
Si bien el 11-S originó un cambio de estrategia y concentró el interés de la política exterior norteamericana en otra zona del globo, no se puede achacar a esta situación toda la culpa del desinterés por América Latina. No en vano, varios tratados de Libre Comercio –que hoy peligran- se firmaron en fechas posteriores a los atentados y al cambio de rumbo exterior. A partir de entonces, Washington respondió con indiferencia a los continuos ataques verbales de Chavez y amigos, mientras que ha sabido fraguar buenas relaciones con los nuevos Gobiernos de Brasil, Chile o Uruguay, centrando la atención en la estabilidad democrática más que en la afinidad ideológica.
Sin embargo, la última gira de Bush por el continente americano muestra el agotamiento de esta vía. Las promesas meramente verbales con Colombia y Uruguay y la alianza del etanol con Brasil sin apertura de fronteras muestran a Bush como un presidente con las manos atadas por un Congreso dominado por demócratas.
El 30 de junio expira el plazo para que el Congreso renueve los Tratados de Libre Comercio con Colombia, Peru y Costa Rica. Andrés Oppenheimer ha hecho cálculos y no encuentra motivos para el optimismo. El discurso populista del aislacionismo ha ganado adeptos tanto en las filas demócratas como en las republicanas y es probable que los TLC no se prolonguen.
Resulta de lo más disparatado ver a la primera potencia mundial enfrascada en un proceso de atrincheramiento contra la globalización. La recurrente apelación a la destrucción de empleos locales ante la amenaza de la eclosión económica de América Latina forma parte de un discurso demagógico, irresponsable e irracional, como prueba el informe de Third Way The new rules economy, pero muy efectivo si se plantea en los términos apocalípticos de la escuela de los antiglobalización.

Pero al margen de las consecuencias económicas que la no renovación de los tratados de libre comercio pueden tener en América Latina, el Congreso norteamericano debe escoger qué modelo de presidente prefiere alimentar con su política exterior: Lula o Chavez, Bachellet o Morales.

