Identidad y multiculturalismo (III) Los intelectuales y el placebo de la autocrítica
La polémica en torno a Ayaan Hirsi Ali no es nueva. Quizá se trate de una disputa cíclica en la que varía el personaje que centra el debate pero en el fondo los discursos permanecen inamovibles.
Echando la vista atrás nos encontramos con otra disputa intelectual parecida a la de estas últimas semanas, la que enfrentó a John Le Carre y Salman Rushdie en The Guardian, en 1997. En el intercambio de cartas, Le Carre llegó a responsabilizar a Rushdie de la fatua que había dictado contra él Irán por mostrar una actitud excesivamente arrogante. Le Carre forma parte de un amplio elenco de intelectuales y personajes públicos que van más allá del posibilismo de Buruma y Ash. Para ellos, el fanatismo islámico es un fenómeno que solo se puede atajar operando sobre sus causas, es decir, desactivando unas condiciones sociales que hacen del terrorismo la única acción posible para acabar con los males de estas sociedades: colonialismo, neoliberalismo…
Si fuese así, cabría preguntarse, como hace Sam Harris, dónde están los suicidas cristiano-palestinos o los kamikazes budistas en el Tibet ocupado:
El buenismo de algunos intelectuales occidentales los lleva a interpretar el terrorismo como una reacción apasionada e inconsciente de unos parias de la tierra que canalizan su frustración por mal camino. Al olvidar por completo el componente religioso y adoptar una interpretación terriblemente occidentalista (como si el terrorismo islámico surgiese con el 11-S) estos intelectuales trivializan y dulcifican el islamismo. No deja de ser una visión tranquilizadora: nosotros los creamos en el pasado con nuestros errores así que nosotros los podremos reconducir con nuestras virtudes en el futuro.Existe un vínculo directo entre la doctrina del Islam y la violencia musulmana. Admitir esta relación sigue siendo un tabú en los políticos liberales [norteamericanos]. Pese a que los liberales sospechan de los fundamentalismos religiosos en general, imaginan consistentemente que todas las religiones, en su alma, enseñan lo mismo y defienden la igualdad Este es uno de los muchos ilusionismos sostenidos por la corrección política.
Tawfik Hamid, un antiguo integrista musulmán carga en un artículo del Wall Street Journal contra este tipo de discursos:
La tendencia de muchos occidentales a limitarse a la autocrítica obstruye la reforma del Islam. Los americanos demuestran que están contra la guerra de Irak, pero declinan demostrar estar contra los terroristas que secuestran inocentes y los decapitan. De igual forma, tras los atentados de Madrid, millones de ciudadanos españoles se manifestaron contra ETA. Pero una vez que se dieron cuenta de que eran los musulmanes los que se encontraban detrás de los ataques terroristas, suspendieron sus manifestaciones. Este ejemplo envía un mensaje a los islamistas radicales para continuar sus métodos violentos.
En efecto, la reacción ante el 11-M puso de manifiesto la inmadurez de una gran parte de la sociedad española y la indigencia intelectual que atenaza a una izquierda que, como Rosa Regás (nuestra Hebe de Bonafini), no tiene reparos a la hora de glorificar la insurgencia, especialmente si afecta al enemigo americano. Que un referente de la izquierda comprometida califique de “legítima defensa” el asesinato sistemático de niños y civiles es una aberración, pero describe bien el discurso de esta gente. Misterios de la superioridad moral.

