Política exterior en España: Saramago como síntoma
Ni Gustavo de Arístegui, ni Carlos Malamud, ni siquiera Ignasi Guardans. El elegido por Casa de América para acompañar al ministro de Exteriores español en el debate sobre "Derechos Humanos, seguridad jurídica y desarrollo económico en Iberoamérica" fue el Premio Nobel de la Paz (según Baltasar Garzón, moderador del encuentro) José Saramago. Poco puede decirse de la antología de disparates que profirió este simpático intelectual para todo, pues resulta tan previsible, buenista e hipócrita como las palabras de su mujer en la manifestación del sabado ("Madrid es el centro moral del mundo"… "Somos los mejores"). Aunque si alguien tiene interés puede ver el encuentro aquí.
Lo que sí sorprende es que un foro prestigioso, como el de la Casa de América que pretende abordar con seriedad algunos asuntos importantes de la actualidad cometa el disparate (y no es el único) de invitar a Saramago, como si de un analista con capacidad para debatir la política exterior española se tratase. La miopía no estriba en el hecho de invitar a alguien con una perspectiva política que nos gusta más o menos, moderada o extremista, sino en que se trate de una personalidad sin más criterio de análisis que el que le dicta su antojo político, eso sí, avalado por su áurea de escritor pretendidamente lúcido e intelectual "de referencia". Necesario, que se suele decir.

El exceso de intelectuales, escritores y periodistas no especializados en debates de política exterior -más allá de su militancia partidista, aunque siempre suele ser parecida- es un síntoma claro de inmadurez política. Aunque España es ya la octava potencia económica del mundo, el marcado carácter antieconómico de muchos intelectuales y ciertos medios, así como las pocas luces de una Universidad ajena al ritmo del mundo, han impedido poner en marcha iniciativas necesarias en el ámbito del pensamiento y la política.
Hace unos meses, El País recogía un artículo-manifiesto de Emilio Ontiveros, Mauro Guillén y Javier Santiso en el que defendían la creación de un think-tank español con el foco puesto en América Latina:
España carece de un gran centro de excelencia cognitivo, de un think-tank puntero sobre los mercados emergentes latinoamericanos y los emergentes en general. No deja ser una paradoja que el país donde se concentra la mayor capacidad analítica universitaria de Europa sobre América Latina esté en Inglaterra, con el Latin American Centre de la Universidad de Oxford como punta de lanza, un país que ni de cerca ha volcado los miles de millones invertidos por las empresas españolas en la región. Sin embargo, nada comparable en España, a pesar de algunas islas de gran calidad como en la Universidad de Salamanca o en la Ortega y Gasset. Tampoco instituciones públicas como el ICO, mediante su Fundación, o el ICEX, tienen una potencia de fuego analítica o servicios de estudios que generaría hoy en día esa valiosa información sobre los lejanos mercados emergentes.
Si la implicación es relativamente baja en un continente con el que nos une la historia, la cultura y migraciones de ida y vuelta, qué decir de la política exterior en el Norte de África, aún sin referencias claras pero urgente por necesidad. El conflicto del Sahara es, quizá, la encrucijada más significativa. Allí donde el Gobierno tiene que decantarse entre crear un conflicto con Marruecos o exponerse a la estrategia Gazpron de Argelia (estratégicos cortes de gas) muere la inacción exterior, bautizada por el Psoe como Alianza de Civilizaciones. ¿Tendrá la capacidad este Ejecutivo de definir una línea política exterior clara, sólida y de consenso en torno al Sahara? ¿O a cualquier otro conflicto exterior?
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