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Una película reciente, titulada “El último rey de Escocia”, rescata del pozo de la historia las atrocidades que Idi Amin Dada cometió en Uganda entre 1971 y 1979. La película narra la ficticia amistad que el carismático dictador fraguó con un joven médico escocés y cómo éste sólo reconoce las barbaries de Amin cuando ya es demasiado tarde. La emocionante personalidad del sátrapa había eclipsado por completo sus actos, la empatía sustituyó al criterio y la fe a la conciencia. El escocés, creyendo que Uganda había encontrado su mesías, se integró en la maquinaria del terror y alimentó ciegamente al monstruo.

Testimonio histórico mucho más preciso y demoledor que la película es el autorretrato que Barbet Schroeder facilitó al dictador ugandés para venderse al mundo. El documental Idi Amin: autoportrait, accesible a través de Google Video, fue concebido por el dictador como un arma de propaganda pero su fuerza no se diluye en consignas y apologías de la política al uso. La insistencia de Amin en resaltar su persona lleva a situaciones disparatadas y surrealistas, pero igualmente aberrantes, como cuando celebra una reunión de ministros con un único punto en la orden del día: la necesidad de educar al pueblo en el amor a su lider.

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Otro dictador que se ganó el favor de numerosos intelectuales, y aún lo hace hoy, con el prestigio de su personalidad y la magia de su carisma fue Fidel Castro. Estos días se publica en Estados Unidos un libro (The man who invented Fidel Castro) que recoge la historia del primer periodista norteamericano que entrevistó a Fidel: Herbert L. Matthews. Al igual que el médico de Amin, Matthews intuía claroscuros en la figura de Fidel Castro, pero se dejó seducir por su magia e hizo de sus crónicas sobre la guerrilla que derrocó a Batista una rendida hagiografía al héroe barbudo.

El propio Castro reconoció más tarde que había manipulado deliberadamente a Matthews con fines propagandísticos, pero el caso no previno errores similares en el futuro. Oliver Stone demostró que Castro es el tirano favorito de Hollywood en Comandante, cuyo patetismo cuesta creer que no sea deliberado y similar al del documental de Schroeder, mientras que Ignacio Ramonet le regaló una biografía a cuatro manos, en la que el dictador se autoplagió páginas enteras, dejando en evidencia el curioso sentido del rigor metodológico del director de Le Monde Diplomatique.

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