Garton Ash o el etnicismo naïve
Estos días se vienen produciendo algunos incidentes en torno a la libertad de expresión y el Islam que es dificil no encuadrar como parte de la serie de réplicas que siguieron a la polémica de las caricaturas de Mahoma en Dinamarca. Empezando por el juicio que han soportado los editores de Charlie Hebdo y que el corresponsal de El País sintetizaba como "un juicio sobre el derecho a la blasfemia", el caso ha reavivado la polémica sobre qué modelo de integración debe emplearse en Europa a la hora de enfrentar la inmigración: ¿El "férreo" y republicano sistema francés o el abierto modelo multicultural anglosajón?
Resulta curioso asistir a una polémica en la que, por una vez, las coordenadas geográficas rompen el eje izquierda - derecha. Así, Liberation publicaba un manifiesto en apoyo de los directores de Charlie Hebdo firmado por varios intelectuales de diversas tendencias. En favor de la izquierda francesa hay que decir que incluso sus representantes más recalcitrantes se cuidan a la hora de hacer alabanzas ciegas al mundo islámico, como ya vimos con el caso de Tariq Ramadan. Mientras, intelectuales más moderados que uno imaginaría en la misma cuerda, inician una guerra de réplicas y contrarréplicas bastante interesante.
El foco de la polémica lo ocupa, como no, la figura de Ayan Hirsi Ali. Según una reseña de Timothy Garton Ash en The New York Review of Books, la ex-parlamentaria holandesa sería una “valiente, franca y simplista fundamentalista ilustrada” que habría pasado de un extremismo islámico a otro racional, tras llegar a Europa. El impacto mediático se debería a que Ali es la heroína de una horda de intelectuales -también ellos "fundamentalistas ilustrados"- que consideran la religión un insulto para la humanidad y que creen que un mundo . Ash alaba así el libro de Ian Buruma sobre el asesinato de Theo Van Gogh, con quien Ali colaboró en su película Submission. La réplica a ambos ha llegado de la mano de Pascal Bruckner, que en un artículo implacable tachaba el multiculturalismo de "etnicismo naive" y "racismo de los antirracistas". Bruckner se despacha a gusto contra el relativismo del modelo anglosajón y la tibieza de Garthon Ash con las monstruosidades legales que ampara un sistema en el que todo es negociable.
La respuesta de Garthon Ash a Bruckner ha sido definirlo como "el equivalente intelectual de un borracho que serpentea por la calle discutiendo con amigos imaginarios".

¿Se puede hablar de fundamentalismo racional, como hace Ash, para despreciar el inmovilismo laico de los franceses? Existen estudios que prueban la eficacia del multiculturalismo frente a otros modelos, pero ¿hasta qué punto se puede ceder en nombre de la oportunidad frente al pensamiento 100%? ¿Hasta crear playas para musulmanes? ¿Hasta fomentar escuelas privadas (como pedía Mario Vargas Llosa) para minorías religiosas en las que, a falta de problemas con el velo, se ofrezca vía libre a la pedagogía del odio? ¿Hasta llegar al disparate de apoyar el derecho a la quema de las banderas nacionales y perseguir a quienes hacen lo mismo con insignias de grupos terroristas, caso de EE.UU?
Dicen que Victor Hugo definió el concepto moderno de ciudadanía con su “adiós pueblo, salud hombre”. Más allá de comprensibles reticencias españolas hacia los vecinos, debería reconsiderarse el modelo de ciudadanía republicana francesa como única solución viable ante el avance del extremismo y el regreso de la tribu a la esfera pública como motor político. Aunque quizá esto resulte una provocación, como la de Sartori, a quien los hooligans de Alá ya han exigido se retire el Premio Principe de Asturias.



