Es un hombre sincero y amable, con una generosa capacidad para entablar amistad e inmune al egocentrismo, tan frecuente entre los literatos. Kapuscinski ha transitado —aventureramente y a veces con el riesgo de perder la vida— por los caminos más inaccesibles del mundo y ha estado entre la gente más diversa, en medio de escenarios de guerra, de revolución, de pesadilla; ha vagabundeado por las tierras y culturas más remotas y escondidas, mezclándose entre las cosas y los hombres, aprendiendo a leer las ciudades, las heces y los códigos de los gestos. Él ha creado una literatura muy vital arrojándose literalmente en la realidad, representándola con rigurosa precisión y aferrando como un perro de caza sus detalles reveladores, incluso los más inasibles, componiendo todo en un cuadro, fiel y reinventado a la vez, que es el retrato del mundo y del viaje a través del mundo. (Claudio Magris)

En uno de los pasajes de Imperio, crónica brutal de la caída de la URSS, Kapuscinski describe una escena surrealista que presencia en el sótano de una iglesia. Como de costumbre, el estalinismo había dejado en ruinas una antigua iglesia ortodoxa. El periodista conocía bien aquel ritual de la destrucción desde que, aún niño, vio entrar las tropas soviéticas en Minsk y se dio cuenta de que el primer objetivo al que apuntaban eran los campanarios. Pero en el sótano de aquella iglesia encontró a decenas de personas que, en silencio, unían los trozos diminutos de un retablo completamente destrozado.

 

Las crónicas de Kapuscinski se parecen a aquella disparatada escena. El autor es consciente de que jamás podrá recomponer del todo los hechos que le rodean pero no desiste: analiza con precisión todas las piezas que encuentra y perfila con ellas una realidad más amplia.

A diferencia de muchos de sus colegas, Kapuscinski no practicaba la crónica de paracaidista ni el periodismo grandilocuente de frases épicas. Era un escritor forjado en la disciplina descriptiva del periodismo de agencia y conocía bien el valor de la palabra. A pesar de que todos sus relatos poseen una gran carga literaria -que llevó a que se solicitase el Premio Nóbel de Literatura para él-, es su conexión con la realidad la que hace de su compromiso algo único. Si sus incidencias personales superan la anécdota y sus crónicas son mucho más que un collage de escenas de un testigo privilegiado del siglo XX es porque la carga de humanidad que ponía en ellas era poco corriente. También por la severa disciplina que se autoimponía en su trabajo.

 

Quizá sus mejores lecciones de periodismo se encuentran en sus crónicas (Ébano, Imperio, Un día más con vida…). La pobreza (es una opinión) de uno de sus libros más populares -Los cínicos no sirven para este oficio- no hace más que confirmar un hecho: Kapuscinski era mal profesor de aula, se perdía con el trazo grueso y se desfiguraba sobre el sillón. Pero ante el desorden de la guerra, el caos de la dictadura o las cenizas de un imperio, conservaba la cabeza fría y un sexto sentido para emprender rutas suicidas. Era un agente libre. Supo estar siempre donde debía y supo contarlo como nadie. Sirva este post como recuerdo.