Es posible que Europa atraviese por horas bajas. Con una Constitución estancada (a la espera de que Angela Merkel se saque un conejo de la chistera), la ampliación que no se termina de digerir y una rebaja muy importante en los objetivos del Plan de Lisboa, resulta inevitable considerar el proyecto comunitario con algo más de escepticismo del que cabría esperar tras 25 años de integración. Si a esto se suma un horizonte cercano, o inmediato, en el que España pasará a ser contribuyente neto, parece inevitable que cunda el euro-escepticismo. Quizás el viejo continente se haya apresurado en sus expectativas de competitividad con Estados Unidos y que sean India y China los rivales con los que acabe disputando el puesto por la segunda economía mundial.
 
Sin embargo, a diferencia de EE.UU, de América Latina, de la CEI, de África, de Asia y de Oceanía, Europa posee un activo que podría hacerlo más resistente a crisis e inestabilidades exteriores: su sólido mercado interno. Y es que, por mucho que el trate de imponer la resesia teoría de la dependencia y la perspectiva de una Europa cimentada en la explotación exterior, lo cierto es que el volumen de comercio interno es inmensamente superior al externo, como prueban las últimas estadísticas sobre de la OMC.

Sólo en materia de energía, la UE presenta graves déficits, que con buen criterio Durao Barroso trata de reducir con un nuevo impulso de la energía nuclear a través del Iter. España -que en su día fue un curioso aspirante a albergar este proyecto- ni está ni se le espera en un futuro impulso de la energía nuclear. Y es que bajo la misma lógica y coherencia que le lleva a torpedear la Opa de E-On y luego decir que es el mercado el que "debe decidir", Joan Clos ha anticipado que la energía nuclear no tiene un futuro viable. Quizá sea el primer paso para labrarse un futuro como evangelizador verde, al estilo Al Gore, pero como muestra de realismo político deja mucho que desear.