"Así pues, la barbarie ha acabado por apoderarse de la cultura. A la sombra de esa gran palabra, crece la intolerancia, al mismo tiempo que el infantilismo. Cuando no es la identidad cultural la que encierra al individuo en su ámbito cultural y, bajo pena de alta traición, le rechaza el acceso a la duda, a la ironía, a la razón - a todo lo que podría sustraerle de la matriz colectiva -, es la industria del ocio, esta creación de la era técnica que reduce a pacotilla las obras del espíritu (como se dice en América, de entertainment). Y la vida guiada por el pensamiento cede suavemente su lugar al terrible y ridículo cara a cara del fanático y del zombie."

La eclosión de Internet no ha sentado bien a muchos intelectuales. Desde Umberto Eco a Alain Finkielkraut (y otros más obvios), la perspectiva del igualitarismo en la red, donde el usuario es el creador y modelador de la nueva cultura, desestabiliza el andamiaje cultural en el que ellos sobresalen. Convertido en un manicomio planetario, Internet sería el reino de la charlatanería, elevada a la categoría de manifestación cultural por magia del Google Rank. Además, las fuentes del pensamiento simple alcanzan la superficie con más fácilidad que los pozos de conocimiento filosófico.
 
 
Puede considerarse que muchos de estos escritores y filósofos están motivados por el mismo reaccionarismo que los lleva a defender la excepción cultural (incluso Finkielkraut). Al fin y al cabo, la web 2.0 facilita el acceso a grandes obras de la literatura, el rescate de viejos clásicos e incluso permite que cualquiera se escuche en el metro una clase impartida en Yale o Berkeley (ninguna universidad española emite en podcast) con simplemente hacer un click. Internet es una Universidad Global en la que no cabe apelar al discurso de la coerción, al Nomic, al imperialismo cultural. Basta con tener criterio y un buen ancho de banda para dar con el conocimiento. Y no solo acceder líbremente a él, sino difundir y debatir todo aquello que uno crea oportuno.

 

Pero sería un error instalarse en la loa sistemática de la interacción, como si este fuese el fin último de la red. Los peros que ponía Eco a Internet son algo más que retazos de un discurso de izquierda antimoderna y deberían hacernos reflexionar sobre el papel del individuo ante este nuevo panorama. Las redes políticas, blogs partidistas y foros creados bajo precisos patrones ideológicos minan el potencial del medio, convertido en lanzadera de marketing político más que instrumento de debate.

La superposición de charlatanería y brillantez es inevitable en Internet, como también lo es en la vida real y en los medios convencionales. Pero tanto la disciplinada militancia partidista como el actual éxito de lo anecdótico y lo trivial hace prever que, pese a los cantos utópicos, no existen medios completamente desjerarquizados. Quizá el conocimiento se pueda adquirir de forma anárquica y asistemática en muchas áreas, pero en otras la democratización del saber no es más que un espejismo que autolegitima caprichos y apetencias ideológicas.

La masa hoy, en cuanto tal sólo se experimenta a sí misma bajo el signo de lo particular, desde la perspectiva de individuos que, como diminutas partículas elementales de una vulgaridad invisible, se abanadonan a aquellos programas generales en los que ya se presupone de antemano su condición masiva y vulgar.


¿No podría ser este un buen diagnóstico, a cargo de Sloterdijk (vía Irhensa), sobre Menéame? O de este mismo blog, claro.