"Lo que hace del Estado un infierno es que el hombre intenta hacer de él su paraíso".
La frase de
Holderlin sintetiza el sentimiento de millones de personas embarcadas por voluntad ajena en los muchos y variados modelos de totalitarismo que se perpetraron a lo largo del siglo XX. La utopía social prometía felicidad colectiva bajo la primacía de una raza, nación o clase social pero en la práctica se redujo a la uniformización social, el ahogamiento de la persona y la eliminación de los derechos indivisuales. Se entiende entonces la reticencia de
algunos escritores de la antigua URSS (vía
Juan Freire) hacia aquellos gobernantes que prometen felicidad.
Sin embargo, el desencanto de la vida moderna, en el que muchos se dan al consumismo compulsivo como sustitutivo de la utopía social, relanza una nostalgia del Estado providente.
Good Bye Lenin se impone en el imaginario colectivo frente a la marginal
Avenida del Sol.
En una magnífica clase de Juan Iranzo descubro una curiosa anécdota: en una encuesta interna realizada a petición del entonces ministro Cristobal Montoro, se les pide a los encuestados que citen aquellas actividades que creen que el Estado debería desarrollar prioritariamente. Pues bien, casi la totalidad considera que la salud ha de ser pública y la gran mayoría que se debe favorecer la educación pública frente a la privada. Nada extraño. La sorpresa surge cuando un 20% de los encuestados reclama al Estado que les busque pareja (otro porcentaje similar pide que el Estado pague los impuestos por él).
La frustración sexual no es una cuestión menor.
Ian Buruma le dedica un
artículo en
Letras Libres para completar el análisis del terrorista como perdedor radical que introduce Enzensberger en un artículo previo a su próximo ensayo. Para Buruma, el fracaso sexual de muchos musulmanes precipita su militancia en unos grupos terroristas que, inicialmente, no les suscitaban interés. Un caso representativo del que Buruma ya ha escrito sería el del asesino de Theo Van Gog, a quien describe así:
Mohammed Bouyeri, nació en Holanda, aunque sus padres provenían de Marruecos. En la adolescencia intentó adaptarse a la cultura de su ciudad natal. Se emborrachó, fumó marihuana y trató de seducir a chicas holandesas. A fin de cuentas, todo en la cultura, desde la música pop hasta los anuncios de televisión, promete sexo. Esto sucede a años luz del hogar, donde la madre virtuosa y las hermanas virginales deben quedar protegidas de las miradas lujuriosas.
Pero las cosas empezaron a malograrse para Mohammed. Las chicas holandesas no eran tan fáciles como había supuesto. Dejó de interesarse en sus estudios. Los subsidios para esto o aquello no acabaron de cuajar. Hubo roces desagradables con la policía. Y su hermana se echó novio. Esto le enfureció. Se sintió ultrajado, inútil, marginado. Era, en resumen, un perdedor radical, y el Islam prometía el asesinato justiciero, el martirio y la sensación, aunque efímera, de un poder absoluto.
Un reciente libro titulado
The looming tower (alabado por igual por
The Economist y
New York Times, que lo han incluido entre los 10 mejores libros de no ficción de 2006) también parece coincidir en el diagnóstico. El camino abierto por
Qutb en la década de los 40 sigue siendo el referente de los más de 500 creyentes musulmanes entrevistados por el autor. Qutb, escandalizado por la miseria moral de una sociedad -la norteamericana- en la que la mujer cobraba protagonismo y libertad para decidir por sí misma, regresó a Egipto con el único propósito de obligar al Estado a parapetarse en la moralidad musulmana y resistirse a cualquier influencia externa. Aunque acabó fusilado por el Gobierno egipcio, hoy se considera un mártir y el principal inspirador de Bin Laden (quien, impulsado por el mismo espíritu de santidad islámica, emuló a Mahoma y contrajo matrimonio con una adolescente de 14 años).
La felicidad y la frustración funcionan también como coartadas que logran la complicidad de sectores (retro)progresistas. Si estos tradicionalmente reivindicaban la universalidad de los derechos humanos, hoy se limitan a hacer tibios alegatos en su favor y ponen toda la carga del discurso en el la soberanía y la independencia de injerencias externas.
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Muy ilustrativo ha sido el reciente nombramiento presidencial de Chávez y el bautismo de Venezuela como República Socialista Bolivariana. Con la parafernalia caudillista que suele acostumbrar, Chávez se ha proclamado heredero del socialismo de Cristo, garante de las utopías de fósiles troskistas y salvador de Venezuela frente a la barbarie capitalista.
Por el momento, en la web del Gobierno de Venezuela sólo figura una animación en flash evangelizadora del nuevo proyecto. ¿Será el síndrome de la hoja en blanco, como apunta Fogel?