Sadam y la desmesura del poder
El cirujano español que atendió la llamada de Fidel Castro no es el único profesional de la medicina conocido por su cerncanía a un tirano, ni el primero que se hace mundialmente famoso gracias a ella. En La caída de Bagdad, una brillante crónica sobre la guerra de Irak, Jon Lee Anderson se sirve de sus encuentros con Ala Bashir, artista, cirujano y médico personal de Sadam, para retratar al tirano iraquí (también confidente, como ha plasmado en su propio libro).
Como Barbet Schroeder en el documental General Idi Amin, un autorretrato (se puede ver íntegramente aquí), los retazos personales del dictador son la mejor muestra de la desmesura del poder. Cuenta Bashir algunas manías excéntricas referidas a Saddam:
- Creación de un departamento secreto para personas con poderes paranormales.
- Admiración sin límites por Robert Fisk.
- Conceder amnistías generales a presos de sangre cuando creía oportuno.
- Manía persecutoria, que le llevó a crear varios dobles.
- Vocación artística, en ocasiones ordenaba a su corte de artistas pintar sueños que había tenido.
- Purgas periódicas en el Ejército en las que se implicaba personalmente.
Son anécdotas, notas al margen de la biografía de Saddam y que no alcanzan ni de lejos la monstruosidad de las confesiones a cámara de Idi Amin pero que complementan el epitafio del tirano y dificultan la tendencia omnicomprensiva de quienes elaboran relatos puramente causales con la naturalidad con la que un Tedax desmantela una bomba.




