
Hasta hace unos años, la teorización del fenómeno de la fast food ocupó a los más reputados gurús de la antiglobalización en la profecía de un apocalipsis cultural, dominación yanqui, barbarie mercantil… Desde la irrupción de La mcdonalización de la sociedad, de George Ritzer, la penetración de las empresas de comida rápida en nuevos mercados ha sido tomado como el símbolo de la tiranía yanqui por antonomasia. Ya no se trataba de una dominación clásica, sino de una maquiavélica estrategia que tenía como punto clave la idea de una anestesia impulsiva y el afan mercantil como único sustituto a la razón y el pensamiento crítico.
Iluminado por Ramonet y Chomsky, José Bové aportó su dosis de lucha símbólica contra el imperialismo de la hamburguesa arrasando un McDonalds en 1999, hecho que lo catapultó a la fama y a las presidenciales del próximo año. También tuvo su dosis de protagonismo un discípulo de Michael Moore que probó los efectos de la grasa y la coca cola durante un mes.
Ahora que los furibundos antimcdonalds parecían despistados ante la irrupcción de otros tantos imperialismos gastronómicos (chinos, árabes, turcos…), el Gobierno español resucita los fantasmas de la fast food para advertirnos de sus consecuencias en nuestra salud, tanto de sus productos como de sus anuncios.
Yo he sido un poco injusto con la cocina americana en mi libro La casa de Lúculo. No es que los americanos no sepan cocinar. Es que no quieren hacerlo. Durante los dos o tres primeros meses de su estancia en Nueva York uno se pasa protestando contra la falta de cocina; pero luego esa falta de cocina se le aparece a uno como una liberación ¡Qué placer el de poder hacer comidas que no sean siempre perfectas! ¡Qué gusto el poder tomar a cualquier hora cosas que no estén por obligación esquisitamente condimentadas! Los americanos acabarán por libertar al mundo de la tiranía de la cocina, todo lo amable, todo lo grata, todo lo deliciosa que ustedes quieran pero tiranía al fin, y la humanidad se sentirá entonces mucho más joven que ahora. Será una humanidad un poco uniforme, desde luego, entre otras cosas porque carecerá de ácido úrico -ese gran elemento de diferenciación del carácter-; pero tendrá mucha más vitalidad y más alegría que la humanidad actual.

