¿EE.UU contra la globalización?
El fantasma del aislacionismo vuelve planear sobre el nuevo Congreso norteamericano. La celebrada victoria demócrata se ha cobrado varias víctimas en la Administración republicana y ha abierto un debate sobre qué hacer con Irak, pero también ha reavivado viejas polémicas proteccionistas que uno creía superadas. Y es que, claro, la primera potencia económica no es inmune a la enfermedad de la globalización. Ya se sabe: el imperialismo de los pantalones de importación colombianos y las lechugas mexicanas de bajo precio son una clara amenaza a la soberanía cultural de los USA, que diría un retro-progresista. También hay quien refina el argumento y alude a sensibilidades medioambientales y humanitarias para quitarle el trabajo a unas insensatas colombianas que trabajan a gusto por menos que los yanquis.
Fogel trata el tema en un post titulado Una oportunidad perdida. En realidad, todo el mandato de Bush se resume en esa frase. Un gobernante que llegó tendiendo puentes con América Latina (primera visita oficial a Mexico en detrimento de Canadá) se despedirá con un colosal y disparatado proyecto para amurallar la frontera con Mexico (la iniciativa es tan ridícula que se acerca a aquella parábola keynesiana sobre abrir y cerrar zanjas inútiles para activar la economía en crisis). Y, entre una cosa y otra, una política errática, con aciertos y fracasos puntuales pero insolvente, dando demasiados indicios de verse superada por las circunstancias. Fiel seguidor de la doctrina Clinton, Bush solo dedicó recursos a Haiti y Cuba porque, como explica Andrés Oppenheimer en Cuentos Chinos, la diplomacia norteamericana sostenía que "la próxima guerra no empezará en Tegucigalpa".
Con un Gobierno en manos de un demócrata (o republicano) demagogo y pretendidamente humanitario, los planes de libre comercio con Chile o Colombia están en la cuerda floja, al igual que los tratados especiales con algunas regiones de Bolivia (celebrados incluso por Evo Morales) basados en la cancelación del arancel como incentivo a la lucha contra el narcotráfico.
A falta de puentes políticos claros, solo la inmigración hispana garantiza una apertura hacia América Latina. Resulta poco probable que la comunidad inmigrante apoye a un candidato que prometa acabar con puestos de trabajo en sus países de origen para devolvérselos a los norteamericanos, pero no faltarán socialistas de todos los partidos empeñados en vender estas y otras bondades del retro-progresismo.

