Existe una regla no escrita en periodismo que recomienda obviar cualquier referencia a casos de suicidio, a menos que el cadáver sea famoso y su tratamiento redunde en la mejora de audiencia. Salvo excepciones poco habituales, los suicidios forman parte de un tabú mediático porque alguien (no sabemos en base a qué) ha decidido que la descripción de los hechos incita a su recreación.

En el ensayo multimedia The Ardoyne Suicides, los creadores olvidan las convenciones para tratar la ola de suicidios que vivió esta comunidad norirlandesa durante varias semanas del año pasado y en la que los algunos jóvenes cobraron un negro protagonismo. Sin llegar al extremo de Albania, los casos de Irlanda del Norte recuerdan que un escenario de paz militar no necesariamente abre horizontes sociales.

 

PD: Avanti tiene razón: ese alguien ha decidido… sugiere un mimetismo que, afortunadamente, no se ajusta del todo a la realidad. Y como prueba, una de las mejores crónicas de no ficción que he leído (nada que ver con truños capotianos): Se me acaba la batería, besos a todos, publicada por Mar Vallecillos en la desaparecida revista Lateral.