¿Cuando se agota una teoría de la conspiración? ¿Es posible derrotar por la vía argumentativa o de la simple exposición de hechos a las versiones alternativas, cortadas a la medida de cierto antojo político? El tratamiento del 11-S en multitud de sitios de internet (como ya se ha hablado aquí y aquí) es una triste prueba de que, ante ciertas tragedias, puede más el afan conspirativo (en busca de una reafirmación ideológica) que la pura racionalidad. El 11-M, no escapa a las fauces de ocasionales conspiranoicos.
 
Occam es siempre el enemigo a batir. Todo es demasiado simple para ser cierto, existen intereses ocultos (que apenas intuimos mediante pruebas mínimas) y partidos y sectores políticos inequívocamente beneficiados, y por tanto sospechosos de complicidad.
 
Y también está la constante apelación a la "duda razonable" como cheque en blanco para la fábula. FJL se preguntaba una de tantas mañanas cómo unos "moritos" de Lavapiés iban a ser capaces de perpetrar el mayor atentado de la historia de España. "No encaja, y el ciudadano tiene derecho a saber". Queremos saber: una coartada genial, sabiamente explotada las horas posteriores al 11-M y ahora reivindicada por otros para dar rienda suelta a la imaginación. Ya decía Pla que es más fácil creer que saber.
 
Ante este panorama, resulta curioso el señuelo que pone frecuentemente Aznar cuando sugiere la conexión de ETA en el 11-M: el estudio sobre la estrategia islamista. Naturalmente, todos coincidimos en que conocer los detalles de un atentado de tal magnitud ayudará a entender las estrategias del nuevo terrorismo internacional. Pero si a algo no ayuda precisamente la teoría de la conspiración es a reflexionar sobre la verdadera naturaleza de los atentados de Madrid.
 
Mientras los periódicos sacan a pasear a sus bulldogs de partido y se enzarzan en una batalla campal en torno al ácido bórico (como dijo Arcadi Espada -ay si Arcadi no escribiese para Pedro J-: la coincidencia en el uso de ácido bórico es menor aún a la de ser terroristas), olvidamos reflexionar sobre las nuevas amenazas que enfrentamos. La hipótesis de una conexión con ETA no deja de ser tranquilizadora, en la medida en que nos conduce a métodos de prevención y combate conocidos. Ese amortiguador desaparece en el 11-M: no hay un núcleo social claro para explorar, desaparece el soporte político, el enemigo se diluye. Y, sin embargo, el terrorismo es plenamente operativo. La banalidad del mal se dibuja así en su perfil más terrible, el terrorismo se convierte en una franquicia que cualquiera puede explotar en nombre de cualquier idea. A un módico precio.
 
Parece poco alentador que tras dos años y medio, algunos periódicos y emisoras de radio sigan buscando lazos con ETA, mientras otros viven instalados en la certeza de la vinculación con Irak. Dos caras de la misma moneda.