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Hoy, Tariq Ramadan, el portavoz más famoso de la comunidad musulmana en Francia y el resto de Europa, mantenía un chat en Le Monde en el que comentaba los tabúes y el temor que existe actualmente en el seno de Europa a las reacciones de los islamistas a raíz de las polémicas de las caricaturas y de las palabras del Papa. Ramadan pretende ejercer de puente entre ambas comunidades: insiste en la necesidad del diálogo, critica abiertamente la intolerancia de una gran parte de los musulmanes y llama a aquellos asentados en Europa a aceptar las leyes del país.
Pero muy frecuentemente su discurso adopta una retórica propia del islamismo más recalcitrante y antisemita. En un artículo de 2003 (rechazado por Le Monde y Liberation) Ramadan cargaba contra Finkielkraut, Henri-Levy y Glucksman (entre otros) porque consideraba que su compromiso con causas justas en conflictos como el de Ruanda o la ex Yugoslavia se diluía ante el conflicto israelo-palestino en forma de comunitarismo acrítico por su condición de judíos. La respuesta de Finkielkraut nos lleva a pensar que más que un paladín del islamismo, Ramadan es el síntoma de una sociedad viciada intelectualmente por prejuicios seculares.
Hoy dí con una interesante secuela a este affaire: un debate (vía Youtube) en France 2 entre Ramadan y Sarkozy que parte de la comentada polémica y acaba dejando en evidencia al escritor suizo en muchos otros frentes. Ramadan no soporta los embistes del Ministro de Interior de Francia y acaba dando muestras de una concepción inquietantemente débil de la democracia. Sobre la lapidación, llega a proponer una moratoria para establecer un debate de sabios y académicos islámicos para decidir qué hacer con ella. Y cuando Sarkocy insiste en preguntarle varias veces si los musulmanes deben aceptar las leyes de la República en materia de laicismo, sobre todo en lo que se refiere al uso de velo en las escuelas, lo único que es capaz de balbucear es un "bueno, se puede dialogar".
Sin embargo, de cara al gran público su discurso -aunque frágil- suele ser relativamente moderado. Fadela Amara, la presidenta de la asociación feminista Ni putas ni sumisas –que al igual que Ramadan, dice ser creyente musulmana- cargaba contra el intelectual en una muy recomendable entrevista a El País por su lamentable trabajo con los musulmanes de a pie:
R. La gente como Ramadán ha contribuido a la desintegración de la república y a la implantación del proceso comunitarista. Mucha gente de los barrios, discriminada, sin trabajo, piensa que Francia no les quiere. Mi generación se rebeló y salió a la calle. Pero Tariq Ramadán capitaliza nuestra frustración y nos lleva a otro discurso: en nombre del islam, reencontrad vuestra dignidad, afirmaos primero como musulmanes y después, eventualmente, como franceses. Lo paradójico es que a Ramadán, como va todo atildado y es un intelectual, lo invitan en todas partes y ha podido propagar su doble discurso: “limpio”, delante de los periodistas, pero otro muy distinto en los suburbios, y sabemos de lo que hablamos porque estábamos allí: las chicas a un lado, los chicos a otro. Su propuesta de una moratoria en la cuestión de la lapidación de la mujer es inadmisible. En Suiza, que jamás ha vivido en un país musulmán y que, como hijo de burgués, nunca padeció los problemas que tuvimos los hijos de obreros y tuvo acceso a todos los conocimientos. Su “islam moderno es para mí un islam fundamentalista.
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PD (a modo de curiosidad)
La figura de Ramadan provoca fenómenos bastante curiosos, como por ejemplo poner de acuerdo a izquierda radical y derecha moderada. Bernard Cassen, líder de Attac, notable portavoz de la antiglobalización y colaborador habitual de Le Monde Diplomatique también se ceba con el intelectual suizo:
En Francia hay una situación específica, que, sin embargo, también existe en otros lugares: es la mala conciencia del colonizador, que provoca que su culpa no termine nunca de ser expiada. Es como un pecado original, que asume incluso quien ha luchado contra la colonización, hasta arriesgando. Yo, que participé en esta lucha cuando era estudiante, por ejemplo en la manifestación en Charonne donde hubo ocho muertos, no tengo nada que reprocharme personalmente, pero debería asumirme la responsabilidad de las desgracias de la colonización del XIX. Esta actitud está presente en la extrema izquierda y entre los Verdes: invitan a recordar, justamente, las derivaciones y los crímenes de este o aquel gobierno, endosando la responsabilidad al país entero, mientras muchos ciudadanos estaban en contra. Es decir, se opera una focalización sobre una parte de la historia colonial y postcolonial que determina el resto de los comportamientos.

