La gangrena moral que afecta a la izquierda europea contra la que arremete Gustavo de Arístegui, y de entre la que Santiago Navajas rescata algunos intelectuales aún no alineados con las imposturas de lo políticamente correcto, se ha marcado un nuevo hito en su respuesta a las manifestaciones contra el Papa.
Si en la polémica de las caricaturas de Mahoma la clave residía en el supuesto carácter ofensivo y estigmatizador de los dibujos hacia los creyentes islámicos (hubo quien los tachó de xenófobos), en esta ocasión no se habla tanto de insultos por parte del profesor Ratzinger como de un error a la hora de calcular las reacciones del mundo islámico. El Papa, como principal referencia de millones de cristianos y en virtud de su estatus diplomático como líder del Vaticano, sería responsable de un desliz que generó la muerte de dos personas y de una oleada de violencia contra los cristianos.
Este planteamiento, muy común en columnistas y tertulias de medios cercanos a la izquierda, no es más que la aplicación de una vieja fórmula que viste de justicieros a los mártires de Alá: el terrorismo no es más que la expresión de fenómenos subyacentes a la cultura y sociedades musulmanas. Esto es: el terrorismo tiene causas, incluso causas justas. Y, como no, las coartadas favoritas por la izquierda buenista son la pobreza generada, dicen, por el capitalismo en los países islámicos y la guerra de Irak, detonante de todos los males que vienen de Oriente.
De poco valen los estudios sobre la eficiente Nueva Economía del Terror (y Loretta Napoleoni no es precisamente sospechosa de pasar por neocon) o el hecho de que países que se desmarcaron de EEUU en Irak vengan sufriendo tentativas de atentados. El esquema causal cuenta con ese plus intelectual que otorga el entregarse al deporte favorito por ciertos pensadores: culpabilizar de todo a Occidente.
Ya lo dijo el pensador francés Pascal Bruckner (uno que se salva de la quema de la izquierda):
"A priori, en efecto, pesa sobre todo Occidente una presunción de crimen. Nosotros, europeos, hemos crecido en el odio hacia nosotros mismos, en la certidumbre de que había en el corazón de nuestro mundo un mal esencial que exigía venganza sin esperanza de perdón”
Aunque de todos los análisis, quizá el que mejor resuma la actitud omnicomprensiva de los intelectuales para con los hooligans de Alá la expresó una portavoz del Gobierno de Pakistán (y no, no es coña):
"Cualquiera que describa al Islam como una religión intolerante, fomenta la violencia"

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