Al rato Fidel me ofreció más café, mientras nos sacaban un montón de fotos. Con su sempiterno entusiasmo, me comentó admirado: “Son increíbles estas cámaras digitales”.Nos íbamos acercando a la confesión. Sobre la mesa había un libro voluminoso. La portada sobria, bien realizada, anunciaba Cien horas con Fidel. Y abajo: “Conversaciones con Ignacio Ramonet. Segunda edición. Revisada y enriquecida con nuevos datos”.
Algunos meses antes había visto con inocultable envidia la primera edición de esa megaentrevista en la que el líder cubano pasa revista a su vida y a la historia mundial que lo destaca como uno de sus principales protagonistas. En junio último, el Comandante me había mostrado sus correcciones manuscritas a las respuestas de la primera edición. Las preguntas de Ramonet, obviamente, habían sido respetadas por el entrevistado. A fines de julio, cuando volví a verlo en Córdoba, viajaba acompañado por las pruebas de página, en pleno proceso de revisión y aumento. Pero nunca hubiera imaginado lo que ocurrió tras la operación del 27 de julio.
“Lo seguí corrigiendo en los peores momentos –musitó–. No paré de corregirlo. No creas que lo hice cuando mejoré. Desde los primeros días. Y lo hice no sólo por su contenido sino porque le había prometido al pueblo que lo revisaría antes de publicarlo. Así que pasé muchas horas dictándole a Carlitos (Valenciaga, su secretario). Muchas horas.”
Entonces me miró, con los ojos muy abiertos y esa expresión como de asombro que le redondea la boca cuando tira un dardo decisivo, para aclarar en un tono profundo, pero despojado de énfasis y dramatismo:
“Quería terminarlo porque no sabía de qué tiempo dispondría”.
La sombra del gran límite, de la imposibilidad de toda posibilidad, anidaba todavía en el fondo de la mirada como un fondo de café. Comenté:
“Otra gran batalla”.
Asintió en silencio y agregó:
“Estas cosas te las cuento como amigo y escritor”.
(Vía Arcadi Espada )
No quiero pensar qué hubiese pasado si en vez de el dócil y sumiso Ignacio Ramonet, "Cien horas con Fidel" hubiese estado a cargo de Fallaci. No habría resistido ni dos. Castro, claro.
PD: Irene Lozano en ABC: La impertinencia y el orgullo


Ha habido valoraciones de su trabajo un tanto propias de la maldad de los políticamente correctos, como llamarle periodismo vitriólico a su labor.¡Qué mas quisieran millones de periodistas que tener ese par de narices que tuvo Oriana Fallaci¡
Me ha llamado la atención el importantísimo detalle del transporte de bombas en su niñez.
Saludos
Comment by avanti — September 16, 2006 @ 10:33 am
El artículo de ABC añade nuevos detalles y eso es bueno, aunque sólo sea por concer.
Saludos
Comment by avanti — September 16, 2006 @ 4:13 pm