Ha muerto Oriana Fallaci. La niña de trenzas que con 13 años transportaba bombas en la resistencia antifascista. La periodista que más radicalmente practicó el género de la entrevista con políticos, dictadores y mandamases religiosos, sin dejarse amedrentar por su poder. El último azote de Occidente y su connivencia con el islamismo. No tuvo piedad con Kissinger ni con Colby (director de la CIA) y siempre sospechó que en la muerte de su heroico compañero Alejandro Panagulis obraron los resentimientos de alguno de ellos. Igualmente, fue implacable con Arafat, con Haile Selassie o con el felizmente olvidado Alvaro Cunhal; pero sus fobias no la cegaron. De todos los encuentros que recoge Entrevista con la historia, quizá el más entrañable sea el que tuvo con Giorgio Amendola (el "comunista liberal"), por lo excéntrico que era Amendola (liberal y con sentido del humor, insólito en un dirigente del PCI) y por el atrevimiento de la reportera italiana.
 
Hizo de la entrevista una estrategia casi kamikaze, sin tabúes ni correcciones políticas, de confrontar los hechos. El suyo era periodismo comprometido, alejado de la feliz hagiografía que practican hoy algunos apologetas iluminados.
 
Este era el periodismo comprometido que murió ayer. Y este el que se marca un nuevo hito hoy:
  
Al rato Fidel me ofreció más café, mientras nos sacaban un montón de fotos. Con su sempiterno entusiasmo, me comentó admirado: “Son increíbles estas cámaras digitales”.

Nos íbamos acercando a la confesión. Sobre la mesa había un libro voluminoso. La portada sobria, bien realizada, anunciaba Cien horas con Fidel. Y abajo: “Conversaciones con Ignacio Ramonet. Segunda edición. Revisada y enriquecida con nuevos datos”.

Algunos meses antes había visto con inocultable envidia la primera edición de esa megaentrevista en la que el líder cubano pasa revista a su vida y a la historia mundial que lo destaca como uno de sus principales protagonistas. En junio último, el Comandante me había mostrado sus correcciones manuscritas a las respuestas de la primera edición. Las preguntas de Ramonet, obviamente, habían sido respetadas por el entrevistado. A fines de julio, cuando volví a verlo en Córdoba, viajaba acompañado por las pruebas de página, en pleno proceso de revisión y aumento. Pero nunca hubiera imaginado lo que ocurrió tras la operación del 27 de julio.

“Lo seguí corrigiendo en los peores momentos –musitó–. No paré de corregirlo. No creas que lo hice cuando mejoré. Desde los primeros días. Y lo hice no sólo por su contenido sino porque le había prometido al pueblo que lo revisaría antes de publicarlo. Así que pasé muchas horas dictándole a Carlitos (Valenciaga, su secretario). Muchas horas.”

Entonces me miró, con los ojos muy abiertos y esa expresión como de asombro que le redondea la boca cuando tira un dardo decisivo, para aclarar en un tono profundo, pero despojado de énfasis y dramatismo:

“Quería terminarlo porque no sabía de qué tiempo dispondría”.

La sombra del gran límite, de la imposibilidad de toda posibilidad, anidaba todavía en el fondo de la mirada como un fondo de café. Comenté:

“Otra gran batalla”.

Asintió en silencio y agregó:

“Estas cosas te las cuento como amigo y escritor”.

(Vía Arcadi Espada )

No quiero pensar qué hubiese pasado si en vez de el dócil y sumiso Ignacio Ramonet, "Cien horas con Fidel" hubiese estado a cargo de Fallaci. No habría resistido ni dos. Castro, claro.

PD: Irene Lozano en ABC: La impertinencia y el orgullo