Pepe Rubianes, un destacado miembro de la tropa de chicos malos cazasubvenciones, vuelve a la escena mediática por obra y gracia de Alberto Ruiz Gallardón. A la larga el gallego (¿catalán?) acabará agradeciendo el halo de mitificación que le provee la censura del burbujeante alcalde de la capital española en forma de subvención de algún otro presidente iluminado. Aún así, todo demócrata debería lamentar esta muestra de censura. Al margen de las mamarrachadas de Rubianes en TV3, la decisión de Gallardón sienta un precedente poco esperanzador, muy en la línea del veto de las instituciones francesas a Peter Handke.

Si hay algo más triste y decadente que una cultura sumida en el pozo de la autocomplacencia, la subvención y la mediocridad pretendidamente transgresora es que los políticos que nos representan se autoproclamen gestores de nosequé sensibilidades. La mísma lógica que lleva a Gallardón a censurar la obra de teatro de Rubianes (i.e. renegar de la obra por lo disparatado del autor) pondrían en la cuerda floja a los Leni Riefenshdal, García Márquez, Peter Handke… ¿Acaso no serían ellos, destacados apologetas de infames dictaduras, más peligrosos que las bufonadas de Rubianes?

Ya puestos podríamos tomar nota de los prodigios morales de los hooligans de Ala en Sudán y darle un escarmiento público.

El domingo pasado la Conferencia Episcopal de la República Checa declaró que el espectáculo que Madonna iba a acercar a la capital europea era “una ofensa inaceptable, una burla de la fe cristiana y un abuso del símbolo cristiano de la cruz”. Como respuesta, el bueno de Vaclav Havel asistió con su mujer al concierto como uno más. No sé si tendría estómago para ver algo de Rubianes, pero estaría bien hacerlo. Y luego escupir en el suelo, abuchear o flagelarse en público, pero todo con mucho respeto. A la democracia y la libertad de expresión, claro.