El presidente sudanés Omar Al-Bashir, que tiene el dudoso honor de encabezar el ranking de los dictadores más sanguinarios según la revista Parade, ha reaccionado ante la petición de la ONU de enviar 22.000 soldados a la región de Darfur (actualmente solo son 7.000) como el demócrata que es: no solo se ha negado a esta propuesta (apelando al antiimperialismo, como no), sino que anunció que el Ejército sudanés sustituirá a las fuerzas de la Unión Africana en Darfur. Al parecer, el bueno de Al-Bashir considera que los janjaweed aún pueden ponerse el listón un poco más alto. 200.000 muertos y 2,5 millones de desplazados son pocos si se comparan con la efectrividad de los interahamwe ruandeses en abril y mayo de 1994.
 
Paul Rusesabagina, el ruandés hutu que salvó a más de 1.000 tutsis en un hotel (y que Don Cheadle inmortalizó en Hotel Rwanda), lleva años advirtiendo que lo que ve en Darfur son todos los mismos síntomas que en su país en el 94. Romeo Dallaire, el general canadiense de los cascos azules que tuvo que afrontar el genocidio ruandés con unos medios raquíticos y un fax de Koffi Annan que le exigía no tomar partido, también lo hace y carga especialmente contra la ONU. Aunque en vez de cebarse etéreamente étereamente en la ONU, quizá deberíamos empezar a hablar de los estados canallas (China y Rusia, como patrocinadores de la causa arabo-sudanesa no tienen precio).
 
Y, mientras tanto, Paul Slopek, reportero del Chicago Tribune y National Geographic, sigue encarcelado en algún lugar de Sudán.
 
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Especial de la PBS sobre Darfur
Cuando no está encarcelado, el activista sudanés Mudawi Ibrahim Adam (que participa en el debate del link anterior) suele visitar Darfur