Resolvere los problemas sin derramar una gota de sangre – Fidel Castro Ruiz, 9 de enero de 1959

Esta es una de las citas del patriarca cubano que, a tenor de los hechos, resulta más tronchante y surrealista. Sin embargo, su antología de disparates es extensa (esperemos que no haya de conocer ningún anexo más) y basta con recordar el título de uno de sus libros: “La historia me absolverá”. En “The Fog of War”, Robert McNamara relataba un episodio poco conocido del conflicto de los misiles de 1962. Según el exsecretario de Defensa norteamericano, Castro era plenamente consciente de que si Estados Unidos y la URSS entraban en un conflicto abierto, lo único asegurado era la destrucción de Cuba. Años después, en una visita a Cuba, el propio Castro se lo confirmó, asegurando que volvería a actuar como lo hizo llegado el caso.

Así pues, cuando Castro repite la letanía de “patria o muerte” al final de sus discursos, hace algo más que retórica. Eso sí, hay que matizar que el dictador tiene un concepto muy particular de la ciudadanía que conforma esa patria. A saber: cubano no se nace, se hace. Y es el grado de adhesión al régimen la fórmula secreta para saber si estamos ante un cubano de verdad o ante un impostor a sueldo de Washington. Para estar a la altura de sus proclamas, el propio Castro predicó con el ejemplo en uno de sus últimos actos públicos en la pasada conferencia de MERCOSUR en Argentina y desenmascaró a un periodista cubano. No se pierdan el vídeo.

Así es (¿era?) Castro. Lo importante ahora es conocer el calado social de la dictadura, esclarecer hasta qué punto se ha comprometido la sociedad cubana con el discurso de la servidumbre voluntaria y saber si existe más interés en perpetuar el mito de David contra Goliat o sentar las bases del progreso y la libertad. Pase lo que pase con Castro, las reacciones populares durante las próximas semanas (en lo que algunos analistas llaman “simulacro de transición”) supondrán una referencia importante. En el mejor e improbable de los casos, asistiremos a tibias manifestaciones de reformistas. En el peor, la desidia confirmará el entumecimiento social que 47 años de soflamas castristas han provocado.

Alguien dijo que “pocos prefieren la libertad, la mayoría se conforma con un amo justo”. En Cuba, ni siquiera uno justo. Con que el señor sea antiyanqui, es suficiente.