Pocos meses después de anunciar su abandono de la literatura, García Márquez reaparece en la escena político-cultural con una
hagiografía pestilente del dictador cubano. Duele leer la colección de elogios que brinda al patriarca, muy al estilo de Oliver Stone, y comprobar que su fascinación personal por Castro ha atrofiado hasta tal punto sus sentidos que considera que las virtudes que cree en el dictador (firmeza, persuasión, refinamiento cultural) compensan sus atrocidades. Como si valiese la pena dejar arrasar una isla a este prodigio de la historia con tal de ver realizada plenamente su -oh, eso sí- fascinante personalidad.
Pero el endiosamiento de Fidel no nada nuevo en Gabo. En un artículo de Claves titulado Los intelectuales de la antilibertad, José J. Sanmartín ya diseccionó el envilecimiento de sus escritos sobre Fidel (a propósito de un prólogo del colombiano a un libro de Fidel):
Por encima del bien y el mal, Castro aparece ajeno a las miserias del régimen y las servidumbres dela doctrina, pues garcía Márquez le sitúa -le singulariza, le eleva- en otro ámbito que, por supuesto, asigna una posición única en la Historia de Castro. De alguna manera, las cualidades personales del dictador -límpido reflejo de virtudes políticas y humanas- suplen las deficiencias orgánicas del sistema político; ello en el marco de un rentable y calculado halo de rebeldía. Mediante este ocultador silogismo, en el imaginario público perfeccionaría la dictadura que depende del dinamismo, determinación y liderazgo del tirano para debloquear la parálisis burocrática creada por su propio régimen político.

Lo obsceno del caso es que García Márquez está más informado que nadie de las miserias del régimen castrista. Cuando en 2003 Susan Sontag le acusó de connivencia con la dictadura, en plena polémica por el encarcelamiento de 75 disidentes cubanos, el Nobel colombiano se reivindicó como una figura mediadora :
Yo mismo no podría calcular la cantidad de presos, de disidentes y de conspiradores que he ayudado, en absoluto silencio, a salir de la cárcel o a emigrar de Cuba en no menos de veinte años
Es triste que personajes con talento para las letras y que poseen cierta autoridad moral sobre millones de personas den voz a causas tan nefastas como el castrismo. Que se desvivan por poner almohadillas a la barbarie y que luego las justifiquen con ensalzamientos de la personalidad del verdugo. Sí, ya sabemos que Neruda ensalzó a Stalin, Peter Handke a Milosevic y la lista de fraudes intelectuales es extensa, pero ello no atenúa la bajeza de Gabo. Genio de la literatura, trilero de la política.
El contrapunto al envilecimiento de Gabo lo pone Jon Lee Anderson, que vivió un tiempo en Cuba y conoce de primera mano las penurias de la sociedad (prueba de ello son los reportajes que saca estos días El País):
Un día mi hija llegó a casa de la escuela y me preguntó si sabía qué era el amor. Yo le contesté intrigado que no, que no sabía qué era el amor. Y ella me respondió: Amor es lo que siente Fidel por el pueblo cubano. Ése día, decidí que, por el bien de mi familia, tenía que abandonar Cuba.