¿Sueñan los carniceros con el Nóbel de la Paz?
-¿Conocías a la persona?
-Sí.
-¿Sabías que él te había salvado la vida en otro momento?
-Mi padre nunca me lo dijo, nadie me lo dijo.
-¿Y si lo hubieras sabido?
-¿Qué quieres? Si lo hubiera sabido… Tuvo que ser así.
-¿Por qué?
-Ese hombre formaba parte del aparato opresor, era conocido de Marcelino Oreja, el entonces ministro de Asuntos Exteriores del Estado español.
-¿Y eso bastaba?
-La decisión vino de arriba.
-Era un vasco como tú.
Durante un mes entero, cada mañana, cada tarde, Kandido Azpiazu y dos ayudantes más estuvieron observando los movimientos de Ramón Baglietto, en otro tiempo teniente de alcalde y entonces miembro de UCD.
-¿Cómo le mataste?
El hombre mira sus mangrandes y se sube los calcetines. Calla, tiembla. Se pone la mano en la cara.-Una acción armada no se hace con globos. Lo que ocurrió fue la acción de un miembro consecuente… Nada más.
-¿Te arrepientes?
-Tuvo que ser así -dice Kandido Azpiazu bajo y claro-. Uno no se sentía orgulloso de ello, no se sentía ni odio ni alegría.
Es un extracto de la entrevista que el periodista alemán Erwin Koch hizo al etarra Kandido Azpiazu (que asesinó a Ramón Baglietto, quien le salvó la vida cuando aún era bebé), luego la publicaría también El País. Dudo que pocas cosas arrojen más luz sobre la barbarie terrorista que las palabras de sus protagonistas. La retórica abertzale puede aguantar un ring, pero cuando va más allá del victimismo… Se desmonta por sí sola. Ya lo decía Mallarmé, la precisión destroza los mitos.

