Periodismo, CulturaJuly 18, 2006 6:57 pm

El desfase de las instituciones españolas en relación con internet ha alcanzado ya proporciones faraónicas. Y no me refiero precisamente a la velocidad de acceso a la red, el precio de conexión o el analfabetisamo digital. Me refiero a las webs de reputadas instituciones y organismos públicos que mantienen operativas versiones rupestres que sólo modifican cada cierto tiempo (pongamos 4 meses) para actualizar contenidos. El éxito de la red como canal de acceso a la cultura les es completamente ajeno. En el mejor de los casos, una institución, por poner un caso extremo, de la reputación de la Biblioteca Nacional desgrana en una tabla la agenda de actividades y pone algún canal de contacto para resolver las dudas. El resto de los contenidos son una simple digitalización de parte del material escrito del que se dispone para la Biblioteca y que en la web toma cuerpo de página en blanco gigante, letra negra sin márgenes y ni la más mínima adaptación narrativa o estética.¿Cómo es posible que uno de los emblemas culturales de España cuente con una carta de presentación tan pobre en la red?

La designación de Rosa Regás como directora de la BNE fue un gesto puramente político del nuevo Gobierno, una concesión a la hooligan de turno a la que se le valoran más las propaganda partidista que la aptitud que pueda tener para desempeñar el cargo. Revisando cosillas en el Google doy con un encuentro digital en elmundo.es en el que Regás comenta el tema de la web:

23. ¿Cuándo podremos empezar a usar la tecnología Wi-Fi para Internet en la Biblioteca Nacional?

Estamos en ello, es uno de los retos de la Biblioteca Nacional, pero déjeme antes que podamos colgar la nueva página web que está muy mejorada. Gracias.

 ¿Muy mejorada? La verdad es que el historial de la web de la BNE es un paseo por el museo de los horrores, pero cualquier observación positiva  de la web suena a disparate. Recuerdo un capítulo Southpark en el que aparece congelado un hombre de 1995. Para no distorsionar su hábitat, las autordades lo aislan y le ponen discos de Ace of Base y una conexión a Internet muy lenta. La web de la Biblioteca Nacional no desentonaría en ese entorno, pero mantenerla así en 2006 es un completo disparate.

Otro día hablaremos de webs fenomenales que se han dedicado a otras bibliotecas. Aunque me temo que para eso habrá que cruzar el charco. 

Actualidad 1:35 am

La primera vez que ví una fotografía de Thomas Dworzak fue en la portada de La caída de Bagdad, una crónica impecable de Jon Lee Anderson, que, por lo que se ve, no ha tenido el suficiente éxito para que Anagrama se digne a publicar otros trabajos del autor (sobre Cuba o Afganistán) que duermen en el refrigerador de esta y otras editoriales españolas. En la instantánea se puede ver a un grupo de hombres bañándose en la piscina de uno de los numerosos palacios de Saddam que, tras la toma de Irak por las fuerzas norteamericanos, fueron asaltados por la población civil. La situación era surrealista pero muy representativa del caos en el que quedó sumido el país y en el que pillaje y libertad acabaron confundiéndose. Cualquiera que haya leído el libro de Lee Anderson comprenderá a la perfección el paralelismo de la foto con lo que se nos cuenta en las páginas finales. En un país que pasa de la tiranía a una anarquía, tibiamente encarada por unos soldados adolescentes que no entienden lo que ven, esa imagen no era fruto del azar.

Hoy quiero rescatar otra instantánea de Dworzak, en este caso de su serie del 7J para Magnum. En ella podemos leer: "Observa cómo enterramos a nuestros muertos, pero mira también cómo otras personas llegan a esta ciudad para convertirla en su hogar, llamándose a sí mismos londinenses y haciéndolo para ser libres para ser ellos mismos". ¿Una prueba de la flema británica? Sí, pero también la única reacción posible con la que una sociedad democrática puede encarar el terror. Puede sonar a perogrullada zapatoide, pero estas manifestaciones de respeto al recién llegado son una garantía de la civismo y respeto.

Todo esto para traer a colación el reciente atentado que la democracia más poblada del mundo (India) ha sufrido en su arteria económica, la capital Mumbai. En una estrategia que viene siendo habitual, el fascismo islamista hizo explotar seis bombas en sendos trenes de la capital y lo hizo en los vagones de primera clase. El objetivo, por tanto, era la emergente clase empresarial que está revitalizando la economía nacional (y que ha llevado a un crecimiento superior al 8% anual) pero también las clases más humildes que sustentan esa democracia a pesar de que los progresos económicos, aunque acelerados, aún son insuficientes.

Quizá porque India ha sufrido la lacra del terrorismo más que ninguna otra democracia, las reacciones de autoridades políticas y sociedad han sido muy mesuradas, propias de una democracia avanzada que a cada atentado responde afianzando su soberanía y sus principios de libertad y justicia.

India no es una democracia modélica pero su respuesta a la locura islamista hace prever que acabe consolidándose en menos de lo que pensamos.